Portada
Gilgamés
El Libro
La Epopeya de Gilgamés
Introducción a la Epopeya
Tablilla I
Tablilla II
Tablilla III
Tablilla IV
Tablilla V
Tablilla VI
Tablilla VII
Tablilla VIII
Tablilla IX
Tablilla X
Tablilla XI
Tablilla XII
Notas Finales
Los relatos sumerios
Gilgamés y Aga de Quis
Gilgamés y Jumbaba
Gilgamés y el Toro del Cielo
Gilgamés y el Submundo
La Muerte de Gilgamés
Otros Relatos
Gudám
El Diluvio sumerio
El dios Enqui/Ea
La Lista Real Sumeria
Lista de los dioses de Surupac
Revista FURTIVO
Ciudadanos del mundo
Muisne
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Todas las versiones en castellano escriben "Gilgamesh", copiado del inglés.
        Todas menos la mía. Yo animo a todos los hispanohablantes a escribir y usar      
                 el nombre español "GILGAMÉS". Sí, así, Gilgamés.

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El libro "Gilgamés, el que vio lo más profundo". Información        

(estás en el sitio: www.furtivo.eu)

Lee los relatos sumerios sobre Gilgamés (4000 años de antigüedad)


La Epopeya de Gilgamés
A continuación puedes leer el Cantar de Gilgamés completo. Si quieres leer sólo alguna tablilla, márcala en los enlaces siguientes (actualmente -agosto.2015- estoy actualizando la Epopeya, en el apartado por Tablillas: abajo). Hasta que esté actualizada recomiendo leerla tablilla a tablilla. 

INTRODUCCIÓN  ABLILLA I  TABLILLA II  TABLILLA III  TABLILLA IV  TABLILLA V  TABLILLA VI  TABLILLA VII  TABLILLA VIII  TABLILLA IX  TABLILLA X  TABLILLA XI  TABLILLA XII  NOTAS FINALES

                                                                                                      



                             Gilgamés, de Vicente Marín


                            







                             "GILGAMÉS"
                             (El que vio lo más profundo)


 

..gilgamés, el que vio lo más profundo .. gilgamés, el que vio lo más profundo .. gilgamés,.. el que vio lo más profundo......  gilgamés .... el que vio lo más profundo .... gilgamés ....... 

Aviso importante: esta versión no está actualizada. (Arriba, por tablillas, si va estando actualizada)

La mejor manera de leerlo es descargarlo en el ordenador o computador personal y cambiar el formado, de una a dos columnas; a continuación imprimirlo y leerlo en papel. Marcándolas por "Tablilla" ya se pueden leer algunas actualizadas: ver arriba.

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© Antonio Jiménez Martínez.Cuenca.España.Europa.La Tierra.

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  M.A.Moset/ Otoño  Jardín vertical en Quito    Zumaqueras      


El que vio lo más profundo,
los cimientos de la tierra,
el que conoció los mares
y supo todas las cosas
que se podían saber.
Gilgamés era su nombre,
el que vio lo más profundo,
los cimientos de la tierra,
el que conoció los mares
y supo todas las cosas
que se podían saber.

Vio los territorios todos,
la redondez de la tierra.
Él, a quien se reveló
el último significado
de todo aquello que existe.
El que descubrió lo arcano
y desentrañó misterios.
El que nos trajo noticias
anteriores al Diluvio.

Regresó de un largo viaje
cansado, pero en paz;
y mandó que se grabaran
sus gestas y sus fatigas
en una losa de piedra.
Él fue el que construyó,
de Uruk - El Redil-, los muros
y los del templo Eana,
la casa santificada
donde se guarda el tesoro.
Mira  los muros, trazados
como con cuerda de lana;
contrafuertes como nadie
se atrevió a levantar.

Sube la escalera, hecha
en la noche de los tiempos,
que lleva al templo Eana(1),
casa de la diosa Istar,
obra que ya  ningún rey
supo después igualar.
Sube arriba, al corredor,
anda por el antepecho,
y toca  sus contrafuertes;
examina bien despacio
la obra de las murallas;
mira su ladrillería.
¡Que adobes tan bien cocidos!
¿No pusieron los cimientos
los Siete Sabios, allí?

Tres mil seiscientas fanegas
ocupan las construcciones,
tres mil seiscientas las huertas
con sus palmerales dentro,
tres mil seiscientas las balsas
del barro de los adobes,
mil ochocientas fanegas
de terreno tiene el templo
de la diosa Istar, el Eana.
Doce mil seiscientas fanegas,
de terreno, tiene Uruk.

Busca la piedra primera,
losa de la fundación,
busca el arcón de madera,
de fino cobre forrado,
corre el cerrojo de bronce,
y abre la tapa que oculta
el secreto que él encierra.
Toma en tus manos la losa
de piedra azul(2);lee en voz alta:
es de Gilgamés la historia,
de sus gestas y fatigas.

El más grande entre los reyes,
de una estatura perfecta,
retoño fuerte de Uruk,
toro salvaje, con cuerna
radiante, que a todo embiste.
Si iba el primero, todo
el rebaño le  seguía
apiñado tras de él;
si se ponía al final,
le guardaba las espaldas.
Era poderoso dique
detrás del que se refugian
las tropas que van con él,
era como una riada
que rompe muros de piedra.
Así era Gilgamés,
el toro de Lugalbanda,
todo fuerza, era el ternero
de la Gran Vaca Ninsuna(3).
Muy grande fue Gilgamés,
de gran porte y perfección.
Abrió caminos y pasos
a través de las montañas;
cavó pozos en las tierras
al borde de las estepas,
y cruzó los anchos mares,
 hasta donde sale el sol.

Él  cruzó, en su caminar,
la redondez de la tierra;
iba buscando la vida,
y llegó hasta la morada
de Ut Napisti, el lejano;
él fue el que levantó
los lugares de los ritos
por el Diluvio arrasados;
el que volvió a enseñar 
los sagrados rituales
a la gente innumerable.

¿Quién se le iba a igualar?

¿Cómo, si no, iba a decir:
yo soy el rey, solamente,
y no hay rey mas que yo?

Ya tenía reservado,
desde el día en que nació,
el nombre de Gilgamés.
En dos tercios era un dios,
en un tercio un hombre era.
Belet Ili (4) lo creó,
madre de todos los dioses;
y contribuyó el dios Ea
a la forma de su cuerpo.
Eran bellas sus facciones,
y era su cuerpo inmenso;
era delgado y muy grande.
Sus brazos medían dos metros
y casi medio su mano
......
Medía su pie medio metro,
tres metros tenían sus piernas.
Daba pasos de tres metros, 
su primer dedo tenía
la mitad del medio metro.

Barbuda tenía la cara
como la tienen los osos.
Los mechones de su pelo
le crecían fuertemente,
como cebada en el campo.
Cuando se hizo mayor
fue de grandeza perfecta;
era, sin duda, el más bello
entre los seres terrestres.
Se movía en Uruk
-El Redil-
como un verdadero toro,
empinada la cabeza,
y exultante de fuerza.
Aún no ha nacido nadie
que en algo se le parezca 
cuando blandía sus armas.

Las luchas que disputaba
mantenían todo el tiempo
de pie (5) a sus compañeros;
acosaba a los muchachos
de Uruk, de Uruk -El Redil-
y los iba encizañando.
Gilgamés ya no dejaba
que se fuera ningún joven 
tranquilo a casa paterna;
cada día que pasaba
se hacía más insufrible
su tiranía amarga.

¡El guía de una ciudad
que está repleta de gente!
¡Él, que debería ser
un pastor para Uruk! 
Sin embargo, Gilgamés,
ya no dejaba a las hijas
que regresaran en paz 
a la casa de sus madres.

Y las mujeres gritaron
ante los dioses su enfado,
y presentaron sus quejas.

Aunque era sabio y prudente,
Gilgamés llegó, en su poder
y dominio, a no dejar
salir a ninguna joven,
en paz, con su pretendiente.
Los dioses su queja oyeron:
la de la hija del guerrero,
la de la novia del joven,
y los dioses de los cielos,
los que lo dominan todo,
los que dirigen el curso
del mundo hablaron a Anón,
padre de todos los dioses:

Has soltado en Uruk,
has soltado en El Redil,
un toro que  a todo embiste.
No hay quien se le parezca
cuando enarbola sus armas;
y las luchas que disputa
tienen a sus compañeros
todo el día sin descanso;
a los jóvenes de Uruk,
los acosa y encizaña.
Gilgamés ya no deja irse
a ningún joven tranquilo
a la casa de su padre;
con cada día y cada noche
que pasan se vuelve más
amarga su tiranía.

¡Y es el pastor de Uruk
-El Redil-! ¡Es Gilgamés,
el guía de una ciudad
que está repleta de gente!
Sin embargo, aunque él es
su pastor y protector,
nunca deja de acosar
a los jóvenes muchachos,
no deja que las muchachas
puedan pasear tranquilas,
en paz, con sus pretendientes         
Escuchó Anón sus plegarias:
las de la hija del guerrero,
las de la novia del joven,
y respondió a sus dioses:

Llamad a vuestra presencia
a Arura (6), la Gran Madre;
ella fue la que creó
a la gente innumerable;
que cree un igual a Gilgamés,
que tenga fuerza bastante,
que pelee contra él,
que Uruk encuentre la paz.(7)

Y, entonces, ellos llamaron
a la Gran Madre ante sí:
tú, Arura, has creado
hombres con imperfecciones,
crea ahora un semejante
sin falta, como Anón,
el padre, tiene mandado.
Haz que se manifieste
el valor en sus entrañas,
que rivalicen los dos
y que Uruk tenga la paz.

Al oír esto, Arura
hizo ya en su corazón
al que Anón había dicho.
Echó saliva en sus manos,
y tomó del barro un poco;
hizo una forma con él
y la tiró en el desierto.
En el desierto creó
a Enkido, el valiente,
al retoño del silencio 
por Ninurta endurecido (8).

Tenía el cuerpo cubierto
de pelo, y los mechones
caían sobre su espalda,
como los de una mujer;
fuerte le crecía el pelo, 
como cebada en el campo;
él no conocía gente,
ni conocía lugar.

Con la piel llena de pelo
comía con las gacelas
en los pastos de la estepa,
como si fuera él Sakán,
el dios de los animales;
con los animales mismos
bebía en un cilanco,
y con las bestias salvajes
se encenagaba en las charcas.

Un cazador, que ponía
trampas, se topó con él
a la orilla del cilanco.
Aquel día y el siguiente
y, también, el tercer día
se dio de bruces con él
en la orilla del cilanco.
Cuando el cazador lo vio
mudó el color de su cara.
Enkido, empero, se fue
con la manada a su monte.
 
Quedó el cazador de piedra,
preocupado y pensativo;
estaba muy intranquilo
y serio tenía el semblante;
en su estómago sentía
los pinchazos de la angustia;
parecía un caminante
después de un largo camino.

Finalmente, abrió la boca
para hablar
y le contó a su padre:
padre mío, me he topado
con un hombre en el cilanco,
el más fuerte del país;
es increíble su fuerza,
como las piedras del cielo
son sus músculos de duros.
En todo el día no para
de caminar por los cerros;
va siempre con las gacelas,
con la manada salvaje
come hierba en la pradera;
encuentro continuamente
sus huellas junto al cilanco;
tengo mucho miedo, siempre,
de encontrármelo otra vez.

Tapa los hoyos que hago,
rompe las redes que tiendo,
me espanta los animales 
y no me deja cazar.

Abrió la boca su padre 
para hablar
y le dijo al cazador:
hijo mío, hijo mío,
vete a la ciudad de Uruk,
vete a ver a Gilgamés,
y cuéntale lo que sabes
de la fuerza de ese hombre,
cuyos músculos están
tan duros como una piedra
de las que caen de los cielos.

Parte y toma el camino
que va a la ciudad de Uruk;
y no te fíes de la fuerza
de una persona sola.
Ve, hijo mío, y tráete
una joven del amor;
a sus encantos se rinden
los hombres más poderosos.
Cuando la manada venga
y se aproxime al cilanco,
que deje caer su túnica
y que su encanto le muestre.
Él se acercará al verla
y, entonces, se espantará
la manada, de él querida,
con la que creció en la estepa.

El consejo de su padre
siguió, y partió el cazador;
tomó el camino de Uruk,
y llevó hasta Gilgamés,
el rey, estas sus quejas: 
en la orilla del cilanco
me he topado con un hombre,
el más fuerte del país;
increíble es su fuerza;
sus músculos son tan duros
como las piedras del cielo.

Anda siempre por los cerros,
todo el día con la manada,
pasta con ella en la hierba.
Encuentro, continuamente,
sus huellas junto al cilanco;
tengo mucho miedo, siempre,
de encontrármelo otra vez.
Me tapa los hoyos que hago
para la caza y me quita
los lazos que voy poniendo.
Me espanta toda la caza
en las tierras de la estepa
y no me deja cazar.

Y él le habló al cazador:
llévate a Samjat contigo,
una joven del amor.
Cuando asome la manada,
y se acerque al cilanco,
que deje caer su túnica
y que su encanto le muestre.
Él se acercará al verla
y, entonces, se espantará
la manada, de él querida,
con la que creció en la estepa.
El cazador y Samjat,
la muchacha del amor,
se pusieron en camino
y emprendieron el viaje.
Al tercer día de andar
alcanzaron su destino,
y el cazador y la joven
se sentaron en el suelo
y esperaron escondidos.
Un día entero y un segundo 
estuvieron esperando;
cuando llegó el tercer día
la manada se acercó
al cilanco a beber agua.

Los animales bebían,
disfrutaban en el agua,
y también lo hacía Enkido,
el que nacido había
en tierras del altiplano.
Comía con las gacelas
en la estepa; se metía
con ellas en el cilanco;
se revolcaba con ellas
en el barro de las charcas.

Así lo vio, así vio
Samjat al hombre salvaje,
a aquel hombre en ciernes,
que del desierto llegó.
¡Es él, Samjat, es Enkido!
Deja caer ahora el brazo
que tu túnica sostiene
y tus pechos muéstrale;
ábrele, luego, tu vulva
para que él pueda sentir
el sexo de una mujer.
No retrocedas ante él;
tiene que husmearte y verte,
para que se acerque a ti
y le quites el sentido!

Quítate, luego, el vestido
y sé para él una loma,
para que él pueda montarte.
Dale a ese salvaje todo
lo que una mujer dar puede.
Cuando comience a moverse,
y a resollar de placer,
se espantará de él la manada,
con la que creció en la estepa.
Samjat se quitó el vestido
que rodeaba sus caderas,
le abrió su vulva y él vio
el sexo de una mujer.
Ella no retrocedió ante él
y le quitó el sentido;
extendió su vestidura
y fue para él una loma,
y él, luego, la montó.
Ella le dio a aquel salvaje
todo lo que una mujer
puede dar y él comenzó
a menearse sobre ella
y a resollar de placer.

Seis días y siete noches
se mantuvo duro Enkido, 
se apareó con Samjat.
Cuando su hambre de placer
se hubo saciado, buscó
con su mirada el rebaño.

Las bestias vieron a Enkido
y emprendieron la huída:
los animales del campo
se espantaron ya de él.

Y fue así como Enkido
su cuerpo puro manchó.
 
Tenía Enkido sus piernas
como clavadas en tierra,
mientras su manada huía
a toda velocidad.

Se encontraba Enkido allí
sin fuerzas, ya no podía
corretear como antes,
sin embargo, y con ello,
ganó en uso de razón,
amplió su conocimiento.
Volvió y se echó a los pies
de la joven del amor,
la miraba y observó
atentamente su rostro.
Entonces puso atención
a lo que dijo la joven,
cuando habló Samjat a Enkido:

Tú, Enkido, eres guapo,
eres igual que un dios.
¿Por qué andas todo el día
con las bestias por los montes?
Ven, que yo te acompañaré
a la ciudad de Uruk
-El Redil-,
ven conmigo al templo santo,
la casa de Anón e Istar,
donde Gilgamés, el rey,
en su estrenada hombría,
como un salvaje toro,
tiene siempre sometidos
a los hombres de Uruk.

Así le habló, y a él
le agradaron sus palabras.
En el fondo de su alma
iba buscando un amigo,
un compañero buscaba.

Y Enkido contestó así
a la joven del amor:
ven, Samjat, y llévame
contigo al templo sagrado,
la casa de Anón e Istar,
donde Gilgamés, el rey
en su hombría estrenada,
como un toro salvaje,
está sometiendo a todos
los jóvenes de Uruk.

Yo lo retaré allí,
pues mi fuerza grande es,
ufano me pasearé
por Uruk e iré diciendo:
¡El más fuerte soy yo!
Cuando llegue, cambiaré
el discurrir de las cosas;
quien ha nacido en la estepa
tiene una fuerza increíble,
y grande es su poderío.

Que la gente vea tu rostro,
dijo Samjat; yo sé donde
encontrar a Gilgamés,
yo te lo voy a mostrar.
Ven conmigo, Enkido, a Uruk
-El Redil-,
donde los muchachos ciñen
cíngulo en su cintura,
donde, casi cada día,
tiene lugar una fiesta,
donde los tambores llevan
los compases de la danza
y hay muchachas del amor
de increíble belleza. 
Se puede oler su alegría
y sentir su excitación,
y donde hasta el viejo sube
a la cama donde yacen.
 
Ay, Enkido, tú no sabes
casi nada de la vida.
Te mostraré a Gilgamés,
un hombre que es infeliz
en medio de los placeres.
Obsérvalo bien, y mira
con atención su semblante.
Fuerza varonil rebosa,
de porte altanero es
y su cuerpo es seductor;
irradia fuerza imponente,
todavía más que tú;
ni de día ni de noche
se retira a descansar.  

Pero no seas, Enkido,
atrevido en demasía.
Gilgamés es el amado
de Samas, el dios radiante;
el dios Anón, Ea y Enlil 
procuran que él sepa más
que ninguno de nosotros.
Incluso antes de que tú
llegaras al altiplano,
ya te veía Gilgamés
en sus sueños, en Uruk;
se levantaba a contar
su sueño y decía a su madre:
oh madre, éste es el sueño
que he tenido esta noche:

Las estrellas en el cielo
sobre mí estaban todas,
cuando una de ellas caía
sobre mí, como una roca,
desde lo alto del cielo.
Yo la levanté, pero era
 muy pesada para mí;
yo la quise apartar,
intentaba darle vueltas,
pero no pude moverla.

Todo Uruk la rodeó;
todo el lugar se reunió
en corro a su alrededor;
la rodeó un gran gentío;
todos los hombres de Uruk,
los jóvenes y los viejos,
se agolpaban  junto a ella.
Todos la querían besar
como a un niño pelirrojo;
como a mujer yo la quise;
la tenía entre mis brazos
y la estuve acariciando.
Yo la levanté y la puse
a vuestros  pies y vos, madre,
la convertisteis en mi igual.

La madre de Gilgamés,
que era sabia y prudente,
y muy entendida en todo,
le respondió a su hijo;
Ninsún -La Vaca Salvaje-
que era prudente y sabia,
y que entendía de todo,
le dijo a Gilgamés:

Las estrellas en el cielo
estaban todas sobre ti,
cuando una de ellas caía
hacia ti como, una roca,
desde lo alto del cielo. 
La querías levantar,
pero era muy pesada;
tú la quisiste apartar,
intentabas darle vueltas,
pero no podías moverla.
Tú la levantaste, al fin,
y la pusiste a mis pies;
yo, Ninsún, la convertí
en un semejante a ti.

Como a mujer la querías;
la tenías en tus brazos
y le hacías caricias:
un compañero valiente
viene de camino a ti;
será el que salve a su amigo.
Él es el más poderoso
en todo el territorio;
una enorme fuerza tiene;
sus músculos son tan duros
como las piedras del cielo;
como a mujer lo querrás,
y él será valeroso,
y será tu salvador
en cualquier dificultad.

Entonces tuvo otro sueño;
se levantó, y fue a su madre,
la diosa, y Gilgamés
le habló a su madre de nuevo:
oh madre, he tenido un sueño:
en una calle de Uruk
-la ciudad de La Explanada-
había tirada un hacha
y un gentío innumerable
se agolpaba  en torno a ella;
todo el lugar se había
congregado junto a ella.

Una muchedumbre enorme
estaba a su alrededor;
todos los hombres de Uruk,
los jóvenes y los viejos,
se agolpaban junto a ella.
Levanté el hacha y la puse
ante vuestros pies, desnuda,
pues era como mujer;
yo la amaba, y la tenía
cual mujer entre  mis brazos;
la acariciaba y vos, madre,
la convertisteis en mi igual.

La madre de Gilgamés
que era sabia y prudente,
y que entendía de todo,
habló a su hijo así;
Ninsún -La Vaca Sagrada-
que era prudente y sabia,
y que de todo entendía,
le habló a Gilgamés:
hijo mío, hijo mío,
el hacha era un amigo;
lo querrás como a mujer,
lo tendrás entre los brazos,
lo acariciarás y yo,
Ninsún, lo convertiré
en un semejante a ti.

Un compañero valiente
viene de camino a ti,
será el que salve a su amigo.
Es el que más fuerza tiene
en todo el territorio;
sus músculos son tan duros
como un pedazo de roca
de las que del cielo caen.

Gilgamés dijo a su madre:
oh madre, que quiera Enlil
que llegue a mí un consejero,
que venga pronto un amigo
que me dé su compañía,
que me sepa aconsejar.
Y esto es lo que vio,
en sus sueños, Gilgamés.

Cuando Samjat contó a Enkido
los sueños de Gilgamés,
se amaron los dos, de nuevo.

.....................................................

(1) Ver nota final A.
(2) Lapislázuli; aunque "piedra azul" no es denominación correcta,
    yo la uso cuando el verso no admite lapislázuli.
(3) Ver nota final B.
(4) Ver nota final C.
(5) Sin descanso. En el texto original: "sobre
    sus piernas"
(6) Arura, nombre de la señora de los dioses
    (Betei Ili). Ver nota final C.
(7) Tablilla medio babilónica de Nipur (Chicago).
(8) Ninurta era el dios de la guerra.

.......................................................



Mientras hacían el amor,
olvidó las tierras altas
en las que había nacido.
Seis días y siete noches
se mantuvo duro Enkido,
se apareó con Samjat.
La muchacha del amor,
para hablar, abrió la boca
y así le dijo a Enkido:
te estoy, Enkido, mirando,
y me pareces un dios;
¿Por qué andas con las bestias
por esas tierras silvestres?

Ven, que te voy a llevar
a Uruk -la de La Explanada-,
a la casa consagrada
al templo santo de Anón.
Deja que te lleve, Enkido,
al sagrado templo E Ana,
la casa santa de Anón,
donde los mozos aprenden
los oficios manuales
y donde, también tú,
como una persona ya,
tu sitio vas a encontrar.

Él escuchó sus palabras
y encontró en ellas agrado;
de una mujer el consejo
fue grato a su corazón.
Rasgó ella su vestido;
lo vistió con una parte
y, con la otra mitad,
ella misma se tapó.

Lo llevaba de la mano
y, como a un dios protector,
lo guió hacia el aprisco,
donde estaban los pastores
con sus rebaños de ovejas.

Lo rodearon los pastores,
hablaban a sus espaldas:
¡Qué hombre tan grande! Cuanto
se parece a Gilgamés.
Tiene su constitución;
es un hombre gigantesco;
sobresale como almena.

Enkido tiene que ser,
el que nació en altas tierras;
su fuerza es tan poderosa
como un pedazo de roca
de los que del cielo caen.

Los pastores le sacaron
jarras de cerveza y pan
y ante él los pusieron.
Enkido no comió pan,
sino que estaba mirando,
para sí se preguntaba,
qué podría ser aquello.
Y es que Enkido no sabía
que el pan es para comer;
nadie le había enseñado
que se bebe la cerveza.

La joven abrió la boca
para hablar y dijo a Enkido:
come pan, Enkido, come,
es bueno para vivir;
bebe cerveza, que es
lo que por aquí se bebe.
Enkido se comió el pan
y se hartó, bebió cerveza;
siete jarras se bebió.
Se puso, luego, contento
y comenzó a cantar;
se alegró su corazón
y empezaron sus mejillas
a ponerse coloradas.

Lavó su cuerpo peludo;
y con aceite se ungió,
se convirtió de este modo
en uno como nosotros.
Con túnica se vistió,
y parecía un guerrero.
Y así empuñó su arma
para enfrentarse al león.
Mientras dormían los pastores(1),
 Enkido mató a los lobos
y espantó a los leones;
mientras los viejos pastores
dormían profundamente,
Enkido, su zagal joven,
permanecía despierto.
Un joven, que había sido
invitado a una boda,
se dirigía a Uruk
-El Redil-
a preparar el banquete.

Enkido que, todavía,
disfrutaba con Samjat,
miró, y viendo a aquel joven,
a la muchacha le dijo:
dile a ese hombre que venga,
Samjat, que quiero saber 
lo que por aquí lo trae.

Y la joven del amor
se dirigió al hombre aquel,
se acercó y le preguntó:
¿Adónde, mi amigo, vas
tan deprisa por aquí?
¿Qué es lo que llevas contigo
que parece tan pesado?

El joven abrió la boca
para hablar y dijo a Enkido:
fui invitado a la casa
de los padres de la novia;
es costumbre, por aquí,
que el novio elija a la novia.
Seré el que ponga la mesa
para la celebración,
el que ponga los manjares
para la fiesta de boda,
pues, para el rey de Uruk
-la ciudad de La Explanada-
se correrá la cortina
del tálamo(2),  pues él es
el que primero elige.
Para Gilgamés, el rey
de Uruk -la de La Explanada-
se correrá la cortina
del tálamo, pues él es
el que primero elige.

Él será el que se  aparee
con la futura esposa;
el primero será él,
el novio será después.
Está estipulado así
por decisión de los dioses.
estaba así decidido
desde que se le cortó
el cordón umbilical.

Ante lo que dijo el hombre,
mudó la cara de rabia;
blanco tenía el semblante
y Enkido dijo a la joven,
a la joven del amor:
llévame, Samjat, a Uruk,
a Uruk -la de La Explanada-,
donde los jóvenes sufren
el acoso de su rey.
Yo retaré a Gilgamés
y lo venceré en la calle.

Se puso en camino Enkido
y lo seguía Samjat.

Entró en la ciudad de Uruk,
Uruk -la de La Explanada-
y un gentío innumerable
se agolpaba junto a él.
En la plaza se paró 
de Uruk -la de La Explanada-
y todos lo rodearon,
todos hablaban de él:

Un porte tiene su cuerpo,
igual que el de Gilgamés;
un poco más bajo es,
pero más ancho de espaldas.
Seguramente que es
el que nació en las estepas;
el que fue amamantado
con la leche de las bestias.

Cuando esto sucedía,
tenía, en Uruk, lugar
un  festejo de ofrendas;
los jóvenes festejantes
apostaban cual de ellos
sería el vencedor.

Al hombre que era hermoso
como un dios, a Gilgamés,
le había salido un rival.(3)

Enkido estaba en la calle
de la ciudad de Uruk
-El Redil-,
se ufanaba de su fuerza,
y a Gilgamés cerró el paso.
La gente de Uruk estaba,
toda en corro, junto a él;
todo el lugar se había
juntado a su alrededor;
lo rodeaba el gentío,
y todos los habitantes,
los jóvenes y los viejos,
se agolpaban junto a él
y le besaban los pies,
como a un niño pelirrojo.

Mientras tanto, Gilgamés,
estaba ya preparado
para verse con la novia
cuando llegara la noche;
la cama ya estaba lista
para la diosa Isjara.(4)

A Gilgamés, sin embargo,
le había salido un rival.

Enkido cruzó la pierna
en la puerta de la casa,
y no dejó a Gilgamés
que entrara dentro de ella.
Allí se enzarzaron ambos,
junto a la puerta de entrada
de la casa de la boda;
pelearon en la calle,
en la plaza del lugar.
Se estremecían las paredes
y el marco de la puerta
se tambaleó también
y, por los aires, saltó.

Puso, entonces,  Gilgamés
una rodilla en el suelo
para derribar a Enkido,
pero su furor y rabia,
de pronto, lo abandonaron
y dejó de pelear.

Cuando abandonó la lucha,
habló Enkido a Gilgamés:
como un ser muy especial
te parió tu madre a ti,
la diosa Ninsún, la Vaca
más salvaje del redil.
Tú has sido enaltecido
sobre todos los guerreros,
y Enlil te destinó
para ser  rey de las gentes.(5)

(faltan líneas; se supone que
Gilgamés le dice a Enkido que
va a hacer hazañas...)

¿Por qué quieres hacer eso?
En el monte de los cedros
hay un temible guardián;
allí lo pudo Enlil
para que guarde los cedros
y meta miedo a la gente.

Déjame que yo consiga
grandes hazañas y gestas;
algo que nunca se hizo
en todo este territorio;
Ven conmigo, los dos juntos
conseguiremos llegar
a la cumbre de la fama.
Se besaron las mejillas
y se hicieron amigos.6

Él es el más poderoso
de todo el lugar; es fuerte,
sus músculos son tan duros
como un pedazo de roca
del cielo; grande es su porte,
sobresale como almena.

La madre de Gilgamés,
para hablar, abrió la boca
y le dijo a su hijo;
la Vaca Grande, Ninsuna,
para hablar, abrió la boca
y le dijo a Gilgamés:

Hijo mío, hijo mío,
junto a la puerta de entrada
de la casa de la boda
Enkido te ha vencido;
pero él, amargamente,
está sólo en su victoria,
no tiene quien lo acompañe.

Y Gilgamés contestó:
ha crecido sin consuelo
en las tierras altas, solo;
en la estepa las gacelas,
los animales salvajes,
su única familia fueron.

Enkido no tiene padres,
familia ni conocidos;
su pelo cuelga en mechones
caídos sobre su espalda,
como cebada en el campo;
él nació en el altiplano
y no tuvo nunca a nadie.

Inmóvil estaba Enkido,
escuchando a Gilgamés
y como lo hubo entendido
en el suelo se sentó
y comenzó a llorar.
Tenía los ojos llenos
de lágrimas rebosantes;
tenía caídos los brazos,
entumecidos estaban,
y sus fuerzas lo dejaron.

Se abrazaron, se besaron;
se cogieron de la mano
y, como hermanos, después,
se sentaron en el suelo;

Gilgamés, el rey de Uruk, 
le dirigió la palabra
y le dijo a Enkido:
amigo mío, ¿por qué
rebosan tus ojos lágrimas,
tienes caídos los brazos,
están como entumecidos,
y te han dejado las fuerzas?
 
Enkido le respondió,
contestó a Gilgamés:
amigo mío, yo siento
en mi corazón angustia,
y presiento algo malo;
me están temblando las piernas
porque lloro; algo espantoso
se ha metido en mis entrañas.

(parece que Gilgamés propone
lo de Jumbaba como remedio a
los males de Enkido). Faltan 25 líneas

Gilgamés, que había escuchado

las palabras de su amigo,
abrió la boca para hablar
y le dijo a Enkido:
no vamos a tener miedo
de Jumbaba, el feroz;
en las entrañas del monte
vamos a acabar con él,
y perderá su poder.
Lo vamos a sorprender
en su escondite metido.

Abrió Enkido la boca
para hablar
y le dijo a Gilgamés:
yo lo conozco muy bien
del altiplano, mi amigo,
de cuando yo todavía
andaba con mi manada.
La espesura de aquel bosque
abarca tanta distancia
como la que se recorre
en tres días de camino;
¿quién se podría atrever
a entrar dentro de allí?
La voz de Jumbaba, ese,
es como una torrentera;
fuego su boca escupe,
su aliento lleva la muerte.

¿Y por qué, entonces, te empeñas
en algo así? Un ataque
a Jumbaba, es una lucha
que no se puede ganar.

Gilgamés abrió la boca
para hablar
y respondió a Enkido:
yo subiré, amigo mío,
por las laderas del monte,
y un cedro cortaré allí,
que será bastante grande7
para una puerta en Nipur.       
                                                                                                                                      
Abrió Enkido la boca
para hablar
y le dijo a Gilgamés:
amigo mío, amigo,
¿cómo vamos a saber
dónde se esconde Jumbaba?
Enlil lo destinó allí
para guardar aquel monte,
y meter miedo a la gente.
Ese es, amigo, un viaje
que no se debe emprender;
es un ser que no se debe
uno echar a la vista;
él, que es el vigilante
en el bosque de los cedros,
tiene muy grande poder.
 
Jumbaba tiene una voz
que es una torrentera.
Fuego escupe su boca;
su aliento lleva la muerte;
en el monte oye él
el murmullo más pequeño,
hasta la distancia misma
que se recorre en tres días.

¿Quién va a ser el que se atreva
a adentrarse en la espesura?
El dios de las tormentas
es el primero, Adad,
después le sigue Jumbaba.
¿Quién de entre los dioses tantos
osará enfrentarse a él?
Allí lo puso Enlil
como guarda de los cedros,
para dar miedo a la gente;
si te internas en el monte,
de ti se adueña la angustia
y comienzas a temblar.

Gilgamés abrió la boca
para hablar y dijo a Enkido:
¿Por qué estás hablando, amigo,
como la gente cobarde?
Con tus palabras sin fuste
alejas de mí el valor.
Los hombres tienen sus días
contados; cuando algo emprenden 
no son como es el viento,
que cambia continuamente
de una a otra dirección.
Ya no existe para mí
otra meta que seguir.

Tú naciste y tú creciste
en las estepas silvestres;
los mismos leones tenían
temor y miedo de ti;
tú has vivido todo eso;
hombres hechos y derechos
huían de tu presencia;
tú has hecho muchas cosas
y estás probado en la lucha.
Vamos, amigo, a la fragua;
nos estaremos allí 
mientras nos funden las hachas.

Se cogieron de la mano
y se fueron a la fragua,
donde estaban los herreros,
quienes les aconsejaron.
Y fundieron grandes hachas
y poderosos destrales;
pesaba cada uno de ellos
más de ciento ochenta libras.
Fundieron grandes puñales;
y pesaba cada hoja
más de ciento veinte libras,
treinta la empuñadura,
y treinta libras de oro
los adornos que tenían:
Enkido y Gilgamés
llevaban seiscientas libras
cada uno sobre sí.

Las siete puertas de Uruk,
a las siete las cerró,
convocó la reunión
y todos los habitantes
se reunieron en la calle 
de Uruk -la de La Explanada-
para oír su despedida.
Se sentó allí Gilgamés,
en el trono; en una calle
de Uruk -la de la Explanada-
se sentó la gente ante él.
Y Gilgamés le habló
al Consejo de Mayores:

Oídme bien, escuchadme,
oh Consejo de Mayores
de Uruk -la de La Explanada-.
Voy a ponerme en camino
hacia el salvaje Jumbaba;
quiero conocer al dios
del que tanto se está hablando,
cuyo nombre es conocido
en todos los territorios.
Yo lo venceré en el monte
y todo el país sabrá
lo poderoso que es
el gran retoño de Uruk.
Dejadme ir, cortaré
los cedros y me haré un nombre
por toda la eternidad.(8)

Después habló Gilgamés
a los jóvenes de Uruk
-El Redil-:
Jóvenes de Uruk, oídme,
que sabéis bien qué es la lucha.
Valeroso como soy,
me pondré en largo camino
que me llevará a Jumbaba
y, en lucha a muerte, entraré 
con algo desconocido.
Un camino tomaré
para mí desconocido;
por ello, para mi viaje,
dadme vuestra bendición;
que vuelva a ver vuestros rostros,
que, por la puerta de Uruk,
pueda retornar seguro
y alegre de corazón.
Al volver, celebraré
la fiesta del Año Nuevo
dos veces; la fiesta, al año,
dos veces celebraré.
Que tenga lugar la fiesta,
que resuenen vuestros gritos,
que redoblen los tambores
ante la Vaca Ninsuna.

Entonces, apeló Enkido 
al Consejo de Mayores
y a los jóvenes de Uruk,
entendidos en combates:
ordenadle que no vaya
hasta el monte de los cedros.
Donde quiere ir, es viaje
que no se debe emprender;
es un ser que no se debe
uno echar a la vista;
el que vigila los cedros
un poder tiene, que llega
muy lejos; ese Jumbaba:
torrentera es su voz;
escupe su boca fuego,
su aliento lleva la muerte.

Él oye, dentro del monte,
el más pequeño rumor
a la distancia que se anda
en tres días de camino;
¿dónde estará el que se atreva
a adentrarse en la espesura?
El dios de las tormentas
es el primero, Adad,
después le sigue Jumbaba.
¿Quién de entre los grandes dioses
osará enfrentarse a él?
Para que guarde los cedros
allí lo puso Enlil,
para dar miedo a la gente;
si te internas en el monte,
se apoderarán de ti
los temblores y la angustia.(9)

Allí habló a Gilgamés
el Consejo de Mayores
y este consejo le hizo:
Gilgamés, porque eres joven
ha ido tu corazón
tan lejos; no sabes bien
de lo que habla tu boca.
Ese Jumbaba, el guardián:
torrentera es su voz;
escupe fuego su boca;
su aliento lleva la muerte.

Él oye el más pequeño
ruido dentro del monte,
a la distancia que se anda
en tres días de camino.
¿Dónde estará el que se atreva
a adentrarse en la espesura?
El dios de las tormentas
es el primero, Adad,
después le sigue Jumbaba.
¿Quién de entre los grandes dioses
osará enfrentarse a él?
Para que guarde los cedros
allí lo puso Enlil,
para asustar a la gente.

Cuando Gilgamés oyó
las palabras del Consejo,
se reía y miró a Enkido:
¿No ves el miedo que tengo?
¿Cómo crees que yo, por miedo,
ahora voy a cambiar
a pensar en otras metas?(10)

.........................................


(1) Tablilla paleo babilónica de Pensilvania.
(2) El texto original usa la expresión "se abrirá la red de la gente".
(3) Tablilla paleo babilónica de
     Pensilvania.
(4) Isjara (Ishara), la diosa de las bodas, era otro nombre de la diosa Istar.
(5) Tabl. paleo babilónica de Pensilvania.
(6) Tablilla paleo babilónica de Yale.
(7) Tabl. paleo babilónica de Yale.
(8) Tabl. paleo babilónica de Yale.
(9) Tablilla neo babilónica de Uruk.
(10)Tablilla neo babilónica de Chicago.

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El Consejo de Mayores
de la ciudad de Uruk
-El Redil-
le dijo a Gilgamés:
Vuelve sano y salvo al puerto
de nuestra querida Uruk.
No confíes, Gilgamés,
en tu fuerza solamente.
Observa detenidamente,
fíjate bien y, entonces,
golpea con fuerte golpe.
El que por delante va
a su compañero salva,
el que conoce el camino
da protección a su amigo.

Que te preceda Enkido,
pues él conoce el camino
que va al monte de los cedros;
está probado en la lucha,
y es experto en el combate;
por su amigo estará en guardia,
protegerá al compañero;
sano y salvo lo traerá,
de nuevo, Enkido a su hogar,
con sus mujeres amadas.

En esta nuestra asamblea
te hemos confiado al rey
para que tú lo protejas;
debes traerlo de vuelta
y reintegrarlo, otra vez,
a Uruk, entre nosotros.

Gilgamés abrió la boca
para hablar y dijo a Enkido:
ven, amigo mío, ven,
vamos al palacio excelso,
a rendirle pleitesía
a Ninsuna, la gran reina.
Ninsuna es sabia y prudente,
y muy entendida en todo;
nuestros pasos guiará
en la dirección correcta.

Se cogieron de la mano
y Enkido y Gilgamés
se fueron al palacio excelso
a rendirle pleitesía 
a la gran reina Ninsuna.
Entró, entonces, Gilgamés
y, poniéndose ante ella,
a Ninsuna así le habló:

Valeroso como soy,
voy a ponerme en camino
hacia Jumbaba, entraré
en encarnizada lucha
con algo desconocido.
Voy a tomar un camino
que no conozco; por ello,
dadme vuestra bendición
para mi viaje tan largo.
Que vuelva a ver vuestro rostro.
Que retorne sano y salvo
y alegre de corazón,
por la gran puerta de Uruk.

Al volver, celebraré
la fiesta del Año Nuevo
dos veces; la fiesta, al año,
dos veces celebraré.
Que llegue a tener lugar
la celebración, que se oigan,
fuertes, los gritos de fiesta,
y en la presencia vuestra
que redoblen los tambores.

La Gran Vaca Ninsuna,
durante rato escuchó,
con mucha y con honda pena,
las palabras de su hijo,
de Gilgamés, y de Enkido.
Siete veces pasó al cuarto
del lavatorio, y siete
se lavó con tamarisco
y con hierba jabonera.
Se vistió con  ropa fina
para su cuerpo adornar,
y eligió un bello collar 
para adornar su pechera.
Se colocó la corona
y se puso una diadema,
y las hijas del amor
hacia el suelo se inclinaban.

Comenzó a subir escaleras
y subió hasta la terraza,
hasta la alta azotea.
En la terraza hizo arder
el incienso en un brasero.
Con el incienso humeante,
suplicantes, elevó
sus manos hacia el dios Sol:
¿Por qué  has dotado a mi hijo
de espíritu tan inquieto?
Sí, tú has llegado hasta él
y lo has llevado a emprender
el largo camino al monte
donde está el Malo Jumbaba;
lo has llevado a acometer
una lucha con lo ignoto,
a recorrer un camino
para él  desconocido.

Mientras  que dure su viaje
de ida y de regreso,
hasta que logre llegar
al gran monte de los cedros,
hasta que haya derribado
a Jumbaba, el salvaje,
y hasta que haya echado
de este mundo al Maligno,
al que odias tanto tú,
que Aya, tu esposa amada,
te recuerde cada día,
en los que vas caminando
alrededor de la tierra:

Concede la protección
de los guardias de la noche.
Desde que salga  el lucero
 hasta que desaparezca
la estrella de la mañana. 
Oh Samas, tú abres las puertas
para que salga el ganado;
te muestras a los países
 para que crezcan las plantas
y pasten los animales.
Con tu luz las tierras altas
configuran su contorno;
los cielos se vuelven claros;
los animales del campo
celebran tu resplandor.

Cuando se muestra tu luz,
se reúnen las personas;
la asamblea de los dioses
espera a que aparezca
tu resplandeciente ser. 

Aya, tu esposa querida,
que, sin temor, te recuerde:
concede la protección
de los guardas de la noche;
también del dios Luna, Sin.
Durante el tiempo que esté
en camino Gilgamés
hacia el monte de los cedros,
haz que sean los días largos,
que sean cortas las noches.
Que su cíngulo esté
bien ceñido a sus riñones,
que sus pasos sean seguros.
Que, cuando llegue la noche,
instalen el campamento.
Que sea reparador
su sueño cuando, de noche,
se echen a descansar.

Que Aya, tu esposa amada,
te recuerde sin temor:
cuando Gilgamés y Enkido
se enfrenten a Jumbaba,
oh Samas, que se desaten
los vientos de temporal:
el  viento sur, el del norte,
el solano y el poniente, 
el viento del mal oraje,
el viento de la ventisca,
el huracanado viento,
el viento de la tormenta,
el viento del remolino,
el de la peste, y la escarcha,
el de la nieve, y el viento
de la arena del desierto.
 
Que se levanten los trece
vientos, y que se ensombrezca
la faz de Jumbaba, el Malo,
que el arma de Gilgamés
dé con Jumbaba en el suelo.

Cuando tu rojizo fuego
se haya desparramado:
vuelve tu rostro, oh Samas,
a aquellos que te imploran.

Que te lleven en volandas
las mulas de pies ligeros;
que tengas, después del día,
asiento reparador
y cama para la noche.
Que los dioses, tus hermanos,
te sirvan buena comida
para tu mejor contento.
Que Aya, tu esposa amada,
te limpie el sudor de la frente
con la orilla del vestido.

Por segunda vez Ninsuna,
la Gran Vaca, elevó
a Samas su oración:

Oh Samas, ¿es que no va
a sentarse Gilgamés
en el cielo con los dioses?
¿Por qué no va a compartir
el cielo, en tu presencia?
¿Es que no va a ser él sabio,
como, también, lo es Ea,
cuando esté en el océano
de las aguas más profundas?
¿Por qué no va a reinar,
con Irnina, en el reino
de los cabezas negras?(1)
¿No va a estar, con Ningiscida,
en el País Sin Retorno?

Haz que llegue sano, oh Sol,
al final de su camino,
que no tenga contratiempo
en el monte de los cedros;
que los dioses principales,
que tienen su trono allí,
protejan a Gilgamés
hasta que mate a Jumbaba,
y corte el cedro mayor
para una puerta en Nipur.

Cuando terminó Ninsún,
al dios Samas, de implorar,
Ninsún, la Vaca Salvaje,
que era sabia y prudente
y que entendía de todo,
la madre de Gilgamés,
bajó sus manos alzadas,
apagó, luego, el brasero 
y bajó de la terraza;
llamó a Enkido ante sí,
le confió su voluntad:

Valeroso Enkido, tú
no has salido de mi vientre,
sin embargo, desde ahora,
pertenecerá tu estirpe
a la de aquellos que están
a Gilgamés dedicados
en el Templo; a la estirpe
de las esposas sagradas,
a la de las mujeres santas,
las hijas del amor divinas,
y a la de los servidores.

Yo te pongo, Enkido mío,
mis insignias en tu cuello.

Las esposas te acogieron
como a un ser abandonado,
y las hijas del amor,
como a un desamparado.
Oh Enkido, hijo mío,
yo te confío a Gilgamés;
él te elegirá a ti
entre todos los que tienen
su vida a él dedicada.

Y también le recordó:
mientras que estéis en camino
hacia el monte de los cedros,
que los días sean largos,
que sean cortas las noches,
y que estén vuestras cinturas
bien ceñidas, y que sea
vuestro caminar seguro.
Y cuando llegue la noche,
levantad el campamento,
que los guardias de la noche
os concedan protección,
que sea reparador
el sueño cuando, de noche,
os echéis a descansar.

Y Enkido le respondió
a la Gran Vaca, Ninsuna:
mi hermano es Gilgamés,
y yo lo protegeré.
Hasta donde quiera ir
su corazón, iré yo;
prometo no abandonarte,
hasta que esté, de su viaje,
de vuelta en mi compañía.
Y yo lo acompañaré
hasta el monte de los cedros,
aunque un mes durase el viaje,
y aunque un año durase,
no lo abandonaré nunca.
Mi amigo es Gilgamés.
Su amigo lo guiará
hasta que llegue a la entrada
del gran monte de los cedros,
donde reside Jumbaba.

Enkido, en el templo excelso
hizo ofrendas al dios Samas
y a la princesa Istar.
Gilgamés en el palacio
quemó incienso y enebro
a Lugalbanda, su dios.
Los servidores reales
estaban allí presentes,
le daban la bendición.
Los primeros de entre ellos
impartían los consejos,
la despedida le daban
.........   ...........   ......

Por decisión del dios Samas
alcanzaréis vuestra meta,
lo que os habéis propuesto.
En la puerta de Marduk
quemaremos el incienso
y sobre el pecho del agua
os recordará el barquero
...............
La espalda............
en la orilla
del monte de los cedros
No.................
Gilgamés.............y Enkido ..
Después de andar veinte leguas
deberéis cocer el pan.
.............      ............     .............    
...............   faltan 30 líneas ......

Gilgamés abrió la boca
y dijo a sus oficiales:
durante los días que dure
nuestro viaje de ida y vuelta,
hasta que hayamos llegado
al gran monte de los cedros,
hasta que hayamos matado
a Jumbaba, el salvaje,
hasta que hayamos echado
fuera del mundo al Maligno,
al que odia tanto Samas,
 ..........      ............     ...
Los que sirven en palacio
no deberán reunir
a jóvenes en la calle.
Debéis impartir justicia
en asuntos de los pobres,
indagad  prontos las causas
antes de decir sentencia,
en el tiempo que tardemos
en conseguir, como niños,
aquello que anhelamos,
y hasta que echemos abajo,
con nuestras armas, la puerta
de Jumbaba, el guardián.

Los servidores reales
estaban allí, junto a ellos,
les daban la despedida;
los jóvenes de Uruk corrían
junto a ellos, en tropel,
los lacayos y oficiales
los pies les iban besando:

Vuelve sano y salvo al puerto
de Uruk - la de La Explanada-.
No confíes solamente
en tus fuerzas, Gilgamés;
observa detenidamente,
luego, golpea con fuerza.
El que por delante va
a su compañero salva,
el que conoce el camino
da protección a su amigo.

Que Enkido vaya delante,
él sabe el camino recto
que va al monte de los cedros.
Él sabe qué es el combate
y está probado en la lucha;
ha cruzado muchas veces
collados en las montañas;
él velará por su amigo,
guardará a su compañero.
Enkido te devolverá,
sano y salvo, a tu hogar,
con tus mujeres amadas.

En esta nuestra asamblea
te hemos confiado al rey;
tú lo deberás traer,
de regreso, entre nosotros.

Abrió la boca  Enkido
para hablar
y le dijo a Gilgamés:
amigo, piénsalo bien;
no hagamos este viaje.

.......... faltan 10 líneas  .....

Pero ya que lo has pensado,
que comience el viaje ahora.
Ya no debes tener miedo,
vuelve tus ojos a mí.
Yo conozco su escondite
en el monte y los senderos
por los que anda Jumbaba.
Háblale a la muchedumbre
y que se vaya a sus casas.
 
Gilgamés abrió la boca
para hablar y dijo, luego,
a la gente reunida
en Uruk, en La Explanada:
ningún muchacho de Uruk
deberá venir conmigo,
yo los confío a vosotros.

La gente volvía a sus casas
con  el corazón alegre,
después de haber escuchado
lo que dijo Gilgamés.

Los jóvenes proclamaron
un deseo para su viaje:
parte, Gilgamés, con suerte,
que consigas lo que anhelas.
Que te preceda tu dios.
Que Samas, el dios, te ayude
a que consigas tu meta.

Y Gilgamés y Enkido
se pusieron en camino
.(2)
.....................

............................................................   
1 En la tradición babilónica antigua, el epíteto
  "cabezas negras" era sinónimo de "hombres".
2 Tablilla paleo babilónica de Yale

...............................................


Cuando llevaban los dos
las veinte leguas andadas
a partir el pan1 pararon;
cuando hicieron treinta leguas 
plantaron el campamento;
cincuenta leguas hicieron
en el transcurso de un día;
en tres días recorrieron
lo que se anda en mes y medio.
Ya se iban acercando
al pie del Monte Líbano.

A la caída del Sol
cavaron un pozo, echaron
en sus odres agua fresca.
Gilgamés subió a la cumbre
y esparció harina olorosa
como ofrenda a la montaña:
oh montaña, envíame
un sueño que pueda ver
como una buena señal.

Enkido le construyó
a Gilgamés una choza
para el dios del sueño; luego
la cerró con una puerta
para que quedara fuera
la intemperie; y trazó
un círculo alrededor
y ordenó a Gilgamés
que en ella se acostara;
él mismo se echó en la puerta,
boca abajo, cual cebada 
que se ha tendido en el campo.

Gilgamés se acurrucó,
la barbilla en las rodillas,
y el sueño que se derrama
sobre los hombres cayó
sobre él. A media noche
terminó ya de dormir;
se levantó y, luego, dijo
a su amigo: Amigo mío,
¿Eras tú el que me ha llamado?
¿Eras tú el que me ha tocado?
¿Por qué estoy tan asustado? 
¿Ha sido, quizás, un dios
el que ha pasado ante a mí?
¿Por qué tengo, amigo mío,
todo el cuerpo agarrotado?
He tenido, amigo, un sueño.

El sueño que he tenido
era todo confusión:
subíamos, por un barranco,
la cima de una montaña,
cuando una pared de roca
se desprendió hacia nosotros;
nosotros, volando, huimos,
como salen los mosquitos,
de entre los juncos, volando.

El que había nacido
en tierras del altiplano
bien le supo aconsejar;
Enkido le habló a su amigo
y el sueño le explicó:
tu sueño, amigo mío,
es un presagio muy bueno,
es importante tu sueño;
nos predice solamente
cosas muy buenas. Amigo,
la montaña que veías
era el Maligno Jumbaba.
Nosotros lo atraparemos;
mataremos a Jumbaba,
y arrojaremos su cuerpo
lejos, en el campo abierto.
Y a la mañana siguiente
veremos una señal
muy propicia del dios Samas.

Cuando los dos ya llevaban
las veinte leguas andadas,
a partir el pan pararon;
cuando hicieron treinta leguas 
plantaron el campamento;
cincuenta leguas hicieron 
en el transcurso de un día;
en tres días recorrieron
lo que se anda en mes y medio. 

Se iban acercando más
al pie del Monte Líbano.

A la caída del sol
cavaron un pozo, echaron
en sus odres agua fresca.
Gilgamés subió a la cima,
y esparció olorosa harina
como ofrenda a la montaña:
¡Montaña!, envíame un sueño,
que yo pueda percibir
como una buena señal.

Enkido le construyó
a Gilgamés una choza
para el dios del sueño; luego,
la  cerró con una puerta
para que quedara fuera
la intemperie; y trazó
un círculo alrededor
y ordenó a Gilgamés
que en ella se acostara;
él mismo se echó en la puerta,
boca abajo, cual cebada
que se ha tendido en el campo.

Gilgamés se acurrucó,
la barbilla en las rodillas,
y el sueño que se derrama
sobre los hombres cayó
sobre él. A media noche
terminó ya de dormir;
se levantó, habló a su amigo:
amigo mío, amigo,
¿Eras tú el que me ha llamado?
¿Eras tú el que me ha tocado?
¿Por qué estoy tan asustado?
¿Ha sido, quizás, un dios
el que ha pasado ante mí?
¿Por qué tengo, amigo mío,
todo el cuerpo agarrotado?
Amigo, he tenido un sueño.

El sueño que he tenido
era todo confusión.
En mi sueño, amigo mío,
se derrumbó una montaña;
me tiró al suelo, caí
de pie en un cenagal
y no podía salir.
Se llenó, después, el día
de claridad cegadora,
y, luego, apareció un hombre;
era el más impresionante
en todo el territorio,
de belleza sin igual.
Él me dio su protección,
a salvo de la montaña,
y me dio de beber agua;
mi corazón intranquilo
se calmó de esa manera;
después me tomó y me puso
otra vez, en tierra firme.

El que había nacido
en las silvestres estepas,
entendió el significado;
Enkido habló a su amigo
y el sueño le explicó:
amigo mío, amigo,
el sueño que has tenido
es un presagio muy bueno,
es importante; nos dice
solamente cosas buenas.
Amigo, iremos al monte,
donde tiene la morada,
de los cedros, el guardián;
él nos será muy hostil;
él es el Malo Jumbaba,
pero allí, en la montaña
que veías, no hay nada
que nos vaya a ser adverso.
¡Venga!, supera ese miedo
que te atenaza ante él.

Se nos aparecerá
con sus auras relucientes,
verás con tus propios ojos
el cadáver del Maligno;
contigo .....
....deprisa ...........
y de ello me alegré2.

Y a la mañana siguiente
vamos a ver, del dios Samas,
una propicia señal.

Cuando llevaban los dos
las veinte leguas andadas 
a partir el pan pararon;
cuando hicieron treinta leguas
plantaron el campamento;
cincuenta leguas hicieron
en el transcurso de un día;
en tres días recorrieron
lo que se anda en mes y medio.
Cada vez, más se acercaban
al pie del Monte Líbano.

A la caída del sol
cavaron un pozo, echaron
en sus odres agua fresca.
Gilgamés subió a la cumbre,
y esparció olorosa harina
como ofrenda a la montaña:
¡Montaña!, envíame un sueño
que yo pueda percibir
como una buena señal.

Enkido le construyó
a Gilgamés una choza
para el dios del sueño; luego,
la cerró con una puerta
para que quedara fuera
la intemperie, y trazó
un círculo alrededor 
y ordenó a Gilgamés
que en ella se acostara;
él mismo se echó en la puerta,
boca abajo, cual cebada
que se ha tenido en el campo.

Gilgamés se acurrucó,
la barbilla en las rodillas,
y el sueño que se derrama
sobre los hombres cayó
sobre él. A media noche
terminó ya de dormir;
se levantó y le habló
a su amigo: Amigo mío,
¿Eras tú el que me ha tocado?
¿Por qué estoy tan asustado?
¿Ha sido, quizás, un dios
el que pasó junto a mí?
¿Por qué tengo, amigo mío, 
todo el cuerpo agarrotado?
He tenido el tercer sueño.

 El sueño que he tenido
era todo confusión:
Rugían los altos cielos,
y la tierra retumbaba,
el día se oscurecía,

las tinieblas empezaron
a descender sobre el suelo;
un relámpago cruzó 
y todo comenzó a arder.
Las llamaradas corrían
quemando a su paso todo;
estaba lloviendo muerte.
De pronto se apagó el fuego,
las llamas fueron ahogadas,
las brasas, que cubrían todo,
se cambiaron en ceniza.

Tú has nacido en tierras altas,
me tienes que aconsejar.

Una vez que hubo escuchado
las palabras de su amigo,
supo dar consejo Enkido
y le dijo a Gilgamés:
el sueño, amigo mío,
es una buena señal,
su embajada es importante.
Nos acercamos, amigo,
al monte cada vez más;
los sueños van a ser muchos;
pronto llegará el combate.

Tú vas a ver los radiantes
resplandores de aquel dios,
de Jumbaba, al que tú temes
en lo hondo de tu ser.
Amagarás tu cabeza
como un toro, obligarás,
con tu fuerza y valentía,
a que incline su testuz.
(El hombre viejo que has visto
es un dios muy poderoso,
él es tu padre querido,
el divino Lugalbanda).(3)

Y a la mañana siguiente
veremos una señal
propicia del gran dios Samas.

Cuando llevaban andadas
veinte leguas dobles
partieron el pan,
a las treinta leguas dobles
plantaron el  campamento;
cincuenta dobles hicieron
en el transcurso de un día;
en tres días avanzaron
lo que se anda en mes y medio.
Más, cada vez, se acercaban
al pie del Monte Líbano.
 
Cuando caía la tarde
cavaron un pozo, echaron
en sus odres agua fresca.
Gilgamés subió a la cima
y esparció harina olorosa
como ofrenda a la montaña:
oh montaña, dame un sueño
que yo pueda percibir
como una buena señal.

Enkido le construyó
a Gilgamés una choza
para el dios del sueño; luego,
la cerró con una puerta
para que quedara fuera
la intemperie, y trazó
un círculo alrededor,
y le mandó a Gilgamés
que en ella se acostara;
él mismo se echó en la puerta,
boca abajo, cual cebada
que se ha tendido en el campo.

Gilgamés se acurrucó,
la barbilla en las rodillas,
y el sueño que se derrama
sobre los hombres cayó
sobre él. A media noche, 
terminó ya de dormir;
se levantó, habló a su amigo:
amigo mío, amigo,
¿Eras tú el que me ha llamado?
¿Por qué me he despertado?
¿Eras tú el que me ha tocado?
¿Por qué estoy tan asustado?
¿Ha sido, quizás, un dios
el que ha pasado ante a mí?
¿Por qué tengo, amigo mío, 
todo el cuerpo agarrotado?
He tenido, amigo, un sueño.

El sueño que he tenido
era todo confusión.
Veía en el cielo a Anzo4,
el pájaro de los truenos;
subía como una nube,
y volaba, dando vueltas
por encima de nosotros.
Era la imagen exacta
del horror, y daba miedo;
echaba su  hocico fuego,
su aliento era la muerte.

Pero allí estaba también
un hombre, de rara faz;
apareció de repente,
y allí estaba en mi sueño.
Él le ató, luego, las alas,
a mí me cogió del brazo
y me puso lejos de él.
El hombre agarró a Anzo;
 lo tiró al suelo ante mí;
luego desapareció el hombre
y yo estaba sobre Anzo.

Una vez que Enkido oyó
las palabras de su amigo,
supo Enkido dar consejo
y le habló a Gilgamés:
tu sueño es un buen augurio,
importante es su mensaje;
veías en el cielo a Anzo,
el pájaro de los truenos;
se elevó como una nube
y volaba dando vueltas
por encima de nosotros.
Era la imagen exacta
del horror, y daba miedo;
echaba su hocico fuego,
era la muerte su aliento.

Tú vas a sentir temor
de su horrendo resplandor;
yo sujetaré su pata,
para que tú te levantes.
El hombre que allí veías
era el poderoso Samas.
Jumbaba, como un dios,
intentará darnos miedo
pero nosotros, valientes,
antes de que amanezca
entraremos en el monte
y atraparemos a Anzo,
el pájaro de los truenos.
Lo venceremos allí,
le vamos a atar sus alas;
lo abandonará su fuerza,
sobre él nos echaremos.
Y a la mañana siguiente
veremos del Sol, el dios,
un propicia señal.5

Cuando llevaban los dos
las veinte leguas andadas
a partir el pan pararon;
cuando hicieran treinta leguas
plantaron el campamento;
cincuenta leguas hicieron
en el transcurso de un día;
en tres días avanzaron
lo que se anda en mes y medio.
Ya se iban acercando
al Monte Líbano, más.

A la caída del Sol
cavaron un pozo, echaron
en sus odres agua fresca.
Gilgamés subió a la cumbre
y esparció olorosa harina
como ofrenda a la montaña:
oh montaña, envíame
un sueño que pueda ver
como una buena señal.   

Enkido le construyó
a Gilgamés una choza
para el dios del sueño; luego,
la cerró con una puerta
para que se guareciera
de la intemperie; y trazó
un círculo alrededor,
y le mandó a Gilgamés
que se acostara en ella;
él mismo se echó en la puerta,
boca abajo, cual cebada 
que en el campo está tendida.
Gilgamés se acurrucó,
la barbilla en las rodillas,
y el sueño que se derrama
sobre los hombres, cayó
sobre él. A media noche,
terminó ya de dormir;
se levantó, habló a su amigo:
amigo mío, amigo,
¿Eras tú el que me ha llamado?
¿Por qué me he despertado?
¿Eras tú el que me ha tocado?
¿Por qué estoy tan asustado?
¿Ha sido, quizás, un dios
el que ha pasado ante a mí?
¿Por qué tengo, amigo mío,
todo el cuerpo agarrotado?
He tenido, amigo, un sueño:
el sueño que he tenido
era todo confusión;
parecía ser el destino,
amenazante y oscuro.
Con un búfalo luchaba;
sus bufidos desgarraban
la tierra ante nosotros;
las grandes nubes de polvo
que levantaba, llegaban
hasta lo alto del cielo
y yo, la rodilla en tierra,
a sus cuernos me agarraba.
Luego, un hombre apareció
de un hermoso semblante;
se apareció en mis sueños
y me cogió de la mano
...............
con sus brazos abrazó
mi cuerpo y lo levantó
por los aires desde el suelo;
él se presentó en mis sueños,                        

mis ..............................
y me dio agua de su bota.

Después de haber escuchado
las palabras de su amigo,
Enkido supo entender,
del sueño, el significado
y habló a Gilgamés:
 
Tu sueño, amigo mío,
un presagio bueno es,
su embajada es importante.
El Malo contra el que vamos
no era el búfalo salvaje,
era algo muy distinto.
El búfalo que veías
era el reluciente Samas;
si el peligro acechara,
nos tomará de la mano
y, lejos, nos guiará.

El que te dio de beber
de su bota era tu padre,
el divino Lugalbanda
que te tiene en mucho aprecio.
 
Uniremos nuestras fuerzas
y haremos algo asombroso,
una hazaña que aún
nadie pudo realizar
en el territorio nuestro.6

(parece que aquí son atacados por
leones, que logran matar; parece
que Enkido tiene un sueño que presagia
su muerte. Ya en la orilla del bosque,
Gilgamés tiene miedo y Enkido lo anima)

¿Por qué estás llorando, amigo?
¿Por qué tus lágrimas corren?
Tú, retoño que ha brotado
del corazón de Uruk
 .............
ponte ahora y .............. 
Gilgamés, rey y retoño,
del centro de Uruk, nacido
...............

El dios Samas escuchaba
lo que él decía y, al punto,
una voz bajó del cielo:
¡Daos prisa, detenedlo!;
no debe volver Jumbaba
a encerrarse en su bosque,
ya no debe descender
a sus profundas entrañas,
no debe esconderse allí.
Que no se ponga las siete
resplandecientes corazas.
Debéis prenderlo y atarlo.
Ahora lleva una puesta,
las otras seis no las lleva
todavía sobre sí.

Reanudaron el camino
hacia el monte de los cedros;
como enfurecidos toros,
rompieron hacia delante,
a por el feroz Jumbaba.

Rugió por primera vez;
fue horrible; rugió Jumbaba
 como un trueno, una vez más,
como el dios de las tormentas
hacía temblar la tierra

 ........ Faltan 25 líneas .....

(parece que Jumbaba se puso
en guardia al oír algún ruido de
Gilgamés y Enkido)

Abrió la boca Enkido
para hablar
y le dijo a Gilgamés:
si logro bajar allí
a las entrañas del monte,
para abrirnos un sendero,
mis brazos se quedarán
del todo paralizados.

Gilgamés abrió la boca
para hablar y dijo a Enkido:
amigo mío, ¿por qué,
hablamos como cobardes?
¿No hemos atravesado 
los montes sin contratiempo?
¿No está, por fin, nuestra meta
delante de nuestros ojos?
Antes de que derribemos
los cedros, Enkido amigo,
que estás probado en la lucha
y  eres experto en combates,
tienes que  frotarte el cuerpo
con hierbas tonificantes,
para no tener, así, 
ningún miedo ante la muerte.

Ruge a plena garganta,
como un brujo en el desierto,
y que tu grito retumbe
como retumba un timbal.
Levanta el ánimo, amigo,
para que desaparezca
la flaqueza de tus brazos,
la flaqueza en tu rodilla.
Dame, mi amigo, la mano,
nos animaremos juntos.
Tu corazón debe arder 
ante el cercano combate.
Rechaza los pensamientos
de la muerte y hallarás
la alegría de vivir.

El que camina delante,


un hombre prudente es;
el que por delante va
a su compañero salva;
de esta manera se hace
uno un nombre, para lejos
en los días venideros.

Así llegaron los dos,
finalmente, al verde monte;
se callaron, se pararon
y descansaron allí.

.........................................................
1  Partir el pan era sinónimo de comer. 2000
    años después, esta expresión todavía se usaba
    en tiempos de Jesucristo (ver Evangelios).
2 Tablilla medio babilónica de Hutusa, capital
   del reino hitita.
3 Tablilla paleo babilónica de Nipur.
4  Ver nota final D.
5 Tablilla paleo babilónica de Nipur
6 Tabl. paleo babilónica de Saduppum).

...................................................................


Estaban allí aturdidos,
en la orilla de aquel monte
y, durante largo tiempo,
dejaron volar su vista
sobre los cedros tan altos;
no dejaban de mirar,
la entrada al monte buscando.
 
Por donde Jumbaba andaba
se había hecho una senda.
Se les había allanado
el camino, era fácil
poder transitar por él.

Y pudieron contemplar
aquel monte de los cedros,
la morada de los dioses(1),
el alto trono de Istar.
Florecía en las laderas
el esplendor de los cedros,
allí se manifestaba
su riqueza lujuriosa;
placentera era su sombra
y dulce era su olor.

La maleza era espinosa 
debajo del techo oscuro
de las ramas; entre cedros
crecían los bienolientes
arbustos de enebro y mirra.
Una fosa de seis leguas
rodeaba todo el monte;
luego había una segunda,
sólo dos tercios de larga.

(faltan 35 líneas. Es el relato de
cuando se adentran en el monte)

Al momento echaron mano
a sus puñales y hachas
y, una vez que tuvieron
desenfundadas las hojas,
las untaron con veneno.
Ya tenían preparadas
las hachas y los puñales.

Andaba el uno tras del otro
a través de la espesura,
hasta el centro de aquel monte
donde el salvaje Jumbaba
tenía su habitación.
Entraron sigilosamente
en el cubil de Jumbaba.
Jumbaba fue sorprendido,
y nada pudo hacer 
para impedir que los dos
lo ataran de pies y manos.

(parece que Jumbaba, atado, les
amenaza con el castigo de Enlil.
Gilgamés tiene miedo y Enkido
lo anima)

Hemos venido a un lugar,
en el que a las personas
nada se les ha perdido;
los dioses se irritarán.
Dejemos las armas quietas
junto a Jumbaba y huyamos.

Dijo Enkido a Gilgamés:
como avalancha de un río,
así es el feroz Jumbaba;
como el dios de las tormentas
nos va a llevar por delante.
Amigo mío, Jumbaba
es un ser muy peligroso(2),
y dentro de su escondite,
nos mataría a los dos
por separado, allí dentro.

Pero sí de tres en tres,
pueden enfrentarse a él
y, también, de dos en dos;
una soga de tres cabos
no se rompe fácilmente,
de igual modo, que dos lobos
pueden vencer a un león.
Amigo, juntos los dos,
lo vamos a conseguir.

Abrió Jumbaba la boca
para hablar
y le dijo a Gilgamés:
Gilgamés, solo los locos
hacen caso del consejo 
de idiotas y mentecatos.
¿A qué has venido hasta aquí?

Ven, Enkido, hasta mí,
tú, cabeza de sardina,
que no conoce a su padre,
cruce de ranas de lago
y pantano, a quien ninguna
madre nunca amamantó.
Ya te observaba yo, entonces,
cuando eras un muchacho
y te dejé escapar;
la poca carne que tienes
tampoco hubiera servido
para llenar mi barriga.

Y ahora quieres arrastrarme
delante de Gilgamés
de manera traicionera,
y aquí estás ante mí,
Enkido, como un extraño
ser que carece de entrañas.
Yo le  voy a arrancar
la cabeza a Gilgamés,
le voy a cortar el cuello,
y su carne voy a echar 
a los halcones y buitres
y al águila culebrera.

Gilgamés abrió la boca
para hablar y dijo a Enkido:
amigo mío, repara
cómo ha cambiado su cara.
Nosotros hemos osado,
de una manera valiente,
llegar hasta su escondite,
pero ahora mi corazón
va empezando a tener miedo.
Corazón sobresaltado
no se calma de repente.

Abrió Enkido la boca
para hablar
y le dijo a Gilgamés:
amigo mío, ¿por qué, 
hablas como un cobarde?
Ponte la mano en la boca,
que si te sigo escuchando
voy a perder el valor.
Ahora, amigo, ya está
presto a levantarse el viento;
el cobre, en caldo, ya corre
al molde de fundición.
¿Hace falta que esté el horno
ardiendo dos horas más?
¿Habrá que esperar dos horas
más para que se enfríe?
Si estás dispuesto a soltar
las aguas, si estás dispuesto
a arengar a los rehenes,
no des ningún paso atrás,
no te acobardes ante él, 
más bien golpea con fuerza,
fuerte como seas capaz.
        
........ Faltan 16 líneas .......

Jumbaba estaba pensando
cómo a ellos enfrentarse,
cómo poder repelerlos.
De repente, un salto dio
y cayó de golpe al suelo,
entre aullantes alaridos.

Y sus talones se hundieron
en el suelo, y la tierra
reventó ante sus pies.
Allí se movían los dos
en violentos remolinos;
luego, los montes Sirara
y el Líbano se abrieron,
y se partieron en dos.
Y lo blanco de las nubes
se volvió negro; empezó
a lloviznar sobre ellos,
como una niebla, la muerte.

Samas soltó los potentes
vientos de los temporales
contra Jumbaba, el guardián:
el  viento sur, el del norte,
el solano y el poniente, 
el viento del mal oraje,
el viento de la ventisca,
el huracanado viento,
el viento de la tormenta,
el viento del remolino,
el de la peste, y la escarcha,
 el de la nieve y el viento
de la arena del desierto.
 
Soplaron los trece vientos
y oscurecieron la cara
de Jumbaba; ya no pudo
embestir hacia delante,
ni podía retroceder; 
y así fue como Gilgamés
le dio alcance con sus armas.

Suplicando por su vida,
habló a Gilgamés Jumbaba:
eres joven, Gilgamés,
apenas te parió tu madre,
pues eres, verdaderamente,
hijo de Ninsún, la Vaca.
Por mandato del dios Samas
has allanado montañas.
Retoño eres, del centro
de Uruk, rey Gilgamés.

Gilgamés, Escúchame: 
ningún muerto puede ya
rendir para su señor;
permaneciendo con vida
un sirviente sí podrá
trabajar para su amo.
Si me perdonas la vida,
Gilgamés, seré tu siervo.
Deja que para ti viva
en el monte de los cedros.
Yo cortaré para ti
los árboles que tú quieras,
guardaré para ti mirtos,
toda la madera noble,
para adornar tu palacio.

Abrió Enkido la boca
para hablar
y le dijo a Gilgamés:
no escuches, amigo mío,
las palabras de Jumbaba,
no atiendas a sus gemidos
y súplicas engañosas;
vamos a acabar con él,
con Jumbaba, el Maligno.

.......     Faltan 15 líneas  .......    

Abrió la boca Jumbaba
para hablar y dijo a Enkido:
tú conoces bien las reglas
que rigen en este bosque,
las viejas leyes, también
como hay que comportarse.
 
Yo te pude atrapar,
y colgarte de algún árbol
en la orilla de este monte,
y tu cuerpo pude echar
a los halcones y buitres,
y al águila culebrera.
Mas, ahora, depende, Enkido,
de ti que sea liberado;
anda, dile a Gilgamés
que me perdone la vida.

Abrió Enkido la boca
para hablar
y le dijo a Gilgamés:
amigo mío, Jumbaba,
el que vigila este monte:
mátalo a cuchilladas
y quítale su poder.
Jumbaba, el que vigila
en el monte de los cedros:
mátalo, mátalo ya,
golpéalo hasta la muerte,
y quítale su poder
antes de que el dios Enlil,
el primero entre los dioses,
sepa nuestras intenciones.

Los dioses más importantes
se van a encolerizar
por lo que estamos haciendo:
el dios Enlil en Nipur,
y el dios Samas en Larsa,
el dios Ea en Eridú,
y Sin en Ur, su ciudad.
Gana para siempre un nombre,
una fama que perdure:
¡Cómo golpeó Gilgamés
hasta la muerte a Jumbaba!

Jumbaba estaba escuchando
lo que le decía Enkido,
levantando su cabeza

......   Faltan 40 líneas  ..........      

Abrió Jumbaba la boca
para hablar y dijo a Enkido:
tú que naciste en la estepa,
tú te sientas ante él,
como el pastor de un rebaño;
como un asalariado
sus órdenes obedeces,
mas ahora depende, Enkido,
de ti que sea liberado.
Anda, dile a Gilgamés
que me perdone la vida.

Abrió Enkido la boca
para hablar
y le dijo a Gilgamés:
amigo mío, Jumbaba,
el que vigila en el monte:
mátalo a cuchilladas
y quítale su poder.
Jumbaba, el que vigila
en el monte de los cedros:
mátalo, mátalo ya,
golpéalo hasta la muerte,
y quítale su poder
antes de que el dios Enlil,
el primero entre los dioses,
sepa nuestras intenciones.

Los dioses más importantes
se van a encolerizar
por lo que estamos haciendo:
el dios Enlil en Nipur,
y el dios Samas en Larsa,
el dios Ea en Eridú,
y Sin en Ur, su ciudad.
Gánate por siempre un nombre,
una fama que perdure:
¡Cómo golpeó Gilgamés
hasta la muerte a Jumbaba!

Y Jumbaba, que escuchó
lo que decía Enkido,
levantando su cabeza
y gritando hacia el cielo, 
los maldijo amargamente

 .......  Faltan 7 líneas ........  

Que sufran padecimientos
estos dos, que sus amigos
se avergüencen de ellos,
que no lleguen a ser viejos,
que no entierre nadie a Enkido,
si no es Gilgamés, su amigo.

Abrió la boca Enkido
y le dijo a Gilgamés:
amigo mío, te hablo,
pero tú ya no me escuchas.
Cuando él nos maldecía
 ........
deja que esas maldiciones
caigan, de nuevo, en su boca,
que se vuelvan contra él.


Escuchaba Gilgamés
las palabras de su amigo
y echó mano a su puñal
que llevaba a la cintura.
Y Gilgamés lo clavó
en la nuca de Jumbaba.

Lo azuzaba Enkido,
mientras le sacaba él
el hígado a cuchilladas;
saltó, después, Gilgamés
y cogió, de su cabeza,
los colmillos de trofeo.

La lluvia caía copiosa
y con fuerza sobre el monte.
Su sangre caía copiosa
y con fuerza sobre el monte.

El guardián de aquellos montes
se tambaleó y cayó;
y los barrancos del monte
se llenaron con su sangre.
Jumbaba, que era el guardián,
había caído al suelo.
En leguas a la redonda
se oían sus alaridos.

Y con él mató al Maligno,
al demonio que odia Samas;
.................
los montes liberó él;
al demonio muerte dio,
al vigilante del monte,
a cuyo aullido se abrieron
el Líbano y el Sirara.

Tan pronto como rompió
los siete velos brillantes
que Jumbaba tenía puestos,
bajó a andar por el monte,
y descubrió la morada
más secreta de los dioses.(3)

Gilgamés cortaba cedros
y Enkido los elegía.

Abrió la boca Enkido,
y le dijo a Gilgamés:
amigo, hemos cortado
el cedro de mayor porte,
un cedro con una copa
que se elevaba hasta el cielo.
Voy a hacer de él una puerta
de sesenta codos de alta,
de veinte codos de ancha
y de un codo de grosor.
Sus jambas y sus dinteles,
tanto los que van arriba,
como los que abajo van,
serán de una sola pieza.

Nadie, que sea extranjero,
deberá acercarse a ella;
los dioses se alegrarán.(4)
La llevará el Eúfrates
hasta el templo de Enlil;
que la gente de Nipur
salte de alegría al verla.
El dios Enlil deberá
estar orgulloso de ella.(5)

Armaron, luego, una balsa,
y la cargaron de cedros.
Guiaba la balsa Enkido;
Gilgamés, el que llevaba
la cabeza de Jumbaba.
.................................................

1 Ver nota final E.
2 Tabl. paleobabilónica de Saduppum.
3 Tabl. paleobabilónica de Iscali (Bauer).
4 Tablilla paleobabilónica de Bagdad
5  Idem...............................



Lavó su pelo enmarañado,
lavó su turbante sucio,
sacudió su cabellera
hacia atrás, hacia su espalda.
Se quitó las ropas sucias
y se puso otras nuevas;
se echó la túnica encima
y un cíngulo se ciñó.

Cuando Gilgamés se puso
la corona en su cabeza,
en su belleza Istar,
la princesa, se fijó.

Ven conmigo, Gilgamés,
mi amante tienes que ser.
Dame los frutos, oh dame,
de tu amor como regalo
y sé para mí marido
y yo seré tu mujer.
Yo unciré para ti
un carro hermoso de guerra,
de lapislázuli y de oro;
de oro serán sus ruedas,
las varas de ámbar serán;
tendré en el carro dispuestos
los fogosos corredores,
grandes mulas, que lo lleven
delante de nuestro casa,
de la que saldrán aromas
de maderas olorosas.

Cuando pises nuestra casa,
los más altos sacerdotes
te van a besar los pies.
Reyes, príncipes, señores
se postrarán ante ti,
te darán, como tributo,
todos los frutos que hay
en el territorio nuestro
y en el de las tierras altas.

Tus cabras tendrán tres crías
y dos crías tus ovejas;
tus burros serán, cargados,
más rápidos que las mulas.
Los caballos de tu carro
las carreras ganarán;
los bueyes bajo tu yugo
no tendrán otros igual.

Gilgamés abrió la boca
para hablar
y dijo a Istar, la princesa:
si me casara contigo,
de verdad, ¿Quién me traería
los ungüentos y las ropas?
¿De donde me iba a venir
la comida y el sustento?

Aunque comieras el pan
que sea digno de dioses,
y aunque bebieras cerveza
que sea digna de reyes,
la sombra de una pared
tu residencia será;
ya no tendrás que llevar
vestidos sobre tu piel.

¿Qué se me iba a dar a mí,
si me casara contigo?
Tú eres cuenco de ascuas,
cuyas brasas languidecen
con las primeras escarchas,
puerta tan desvencijada
que no es capaz de parar
ni los vientos ni la brisa,
un palacio que se cae
sobre los que lo defienden
con tesón y con valor;
ratón que se come el nido
de juncos, en el que duerme;
elefante que se come
las ramas que le dan sombra;
betún que pone perdida
la mano del que lo extiende;
eres raído pellejo
que cala al que lo transporta,
piedra caliza en el muro,
que revienta la pared,
una almaina que no puede
romper trinchera enemiga,
un zapato que produce
heridas al que lo calza.

¿A cual de entre tus amantes
has amado largo tiempo?
¿Quién, de entre tus valientes
guerreros, consiguió el cielo?
Ven, que te voy a contar
la historia de tus amantes:
el que llevaba a su espalda
la orza llena de leche 
y a tus reclamos paró;
Dumuzi era, el pastor,
tu amante de juventud,
un día le has dedicado
de recordatorio al año,
en el que  tenemos todos
que lamentarnos por él.
 
El pájaro colorín,
al que amaste, le pegaste
y le cortaste las alas;
ahora salta por el monte,
de un sitio a otro, gritando
¡capi, capi, ay mis alas!
¡ ay mis alas, capi, capi!

Del león te encaprichaste,
de su vigorosa fuerza;
siete veces, siete hoyos,
le cavaste como trampa.
También quisiste al caballo,
pura sangre en la batalla,
y luego lo condenaste
al látigo y a la espuela;
lo condenaste a correr,
sin parar, setenta leguas,
y a beber agua en los charcos;
y a Silili(1), su madre,
a que lo llore por siempre.

También amaste al pastor,
mayoral o rabadán,
que, en las brasas, te cocían
ricas tortas de buen pan
y, cada día, mataban
un cabrito para ti.
Tú le pegaste y, al fin,
en lobo lo convertiste;
un lobo al que sus zagales
tienen, ahora, que espantar,
y al que sus perros, ahora,
tienen que estar ahuyentando,
mordiéndole en los perniles.

También amaste a Isulano,
el huertano de tu padre,
el que te traía cestos,
de dátiles dulces, llenos
y, cada día, como en fiestas,
te preparaba la mesa.
Tú le echaste el ojo encima
y te fuiste a por él:
déjame, oh Isulano, 
que tu virilidad pruebe
y que me suba a tu árbol.
Ven, cógeme los dátiles.
Pero Isulano te dijo:
¿Yo?, ¿qué quieres tú de mí?
¿Es que no coció mi madre
bastante pan para mí?
¿Es que no comí bastante?
¿Tendré que comer, ahora,
mi pan entre maldiciones,
escándalos e improperios,
y cubrirme contra el frío
con las hojas de palmera?

Cuando oíste lo que dijo,
le pegaste, lo cambiaste
en verrugosa tortuga 
y lo mandaste a vivir
entre las plantas del huerto.
No puede subir el zaque,
si no baja la palanca.
Si tú llegaras a amarme,
me tratarías igual.

Cuando la diosa escuchó
lo que dijo Gilgamés,
se puso fuera de sí
de rabia, y ascendió al cielo;
temblando de ira se fue
a ver a su padre, Anón,
y a la diosa Anta, su madre,
y comenzó a llorar:
padre mío: Gilgamés
me está llenando de agravios,
los más brutales que puede,
va pregonando de mí
las calumnias más horrendas,
y los peores insultos.

Abrió la boca Anón 
para hablar
y le dijo a Istar, la princesa:
pero, ¿es que no has sido tú
la que llevó a Gilgamés
a ir pregonando de ti
las calumnias más horrendas,
y los peores insultos?

Abrió la boca Istar
para hablar
y le dijo a Anón, su padre:
me tienes que dejar, padre,
te ruego, el toro del cielo,
que extermine a Gilgamés
y convierta su morada
en escombros y ceniza.

Si no me dejas el toro
del cielo, destrozaré
los portones del Submundo, 
hasta que llegue hasta donde
se encuentra la residencia;
voy a liberar al mundo
de allí abajo y a sacar
afuera a todos los muertos,
que aniquilen a los vivos
y, seguro, que los muertos
son muchos más que los vivos.

Luego, abrió la boca Anón
para hablar
y dijo a Istar, la princesa:
si quieres que yo te deje
el toro del cielo, atiende:
haz que la viuda de Uruk
guarde para siete años,
y que el campesino siembre
para siete años grano.

Abrió la boca Istar
para hablar
y le dijo a Anón, su padre:
a la viuda de Uruk
el grano de siete años
ya le hice almacenar;
al campesino de Uruk,
para siete años grano
ya le hice que sembrara.
La viuda de Uruk guardó
grano para siete años;
el campesino de Uruk
cosechando estuvo ya 
para siete años mies.
Con la furia de ese toro
voy a tener mi venganza.

Anón escuchó a Istar;
luego, le puso en la mano
las riendas del toro azul(2),
e Istar venía hacia abajo
y lo traía del ramal,
hasta que los dos llegaron
al territorio de Uruk.
Allí secó las praderas,
las lagunas pantanosas,
los juncales de la orilla.
Luego, se metió en el río,
allí se puso a beber,
e hizo bajar la corriente
siete codos de nivel.

Y cuando el toro del cielo
bufó, se hizo una hoya
y cien personas de Uruk
cayeron dentro de ella.
Bufó por segunda vez
y se hizo otra hoya;
doscientos hombres de Uruk
cayeron dentro de ella.
Bufó por tercera vez
y se hizo un agujero,
y Enkido se cayó dentro,
pero sólo hasta la espalda.

Enkido salió de un saltó
y a sus cuernos se agarró.
El toro le echó las babas
en el rostro y con su rabo
lo tiró a sus excrementos.

Abrió la boca Enkido
y le dijo a Gilgamés:
Amigo mío, amigo,
nos hemos pavoneado
con Jumbaba en la ciudad,
¿cómo podemos ahora
ayudar a estas personas
que se han congregado aquí?

Amigo mío, yo he puesto
a prueba el poder del toro,
he conocido su fuerza,
las intenciones que tiene.
Deja que pruebe otra vez
el poder de ese morlaco;
detrás me voy a poner
detrás del toro del cielo,
y lo agarraré del rabo.
Pondré en su pata mi pie
y del rabo estiraré
con todas las fuerzas mías;
luego tú, cual carnicero,
valeroso y con buen tino,
le clavarás el puñal
detrás de los cuernos, justo
en la nuca, en la cruz.
Corrió Enkido tras del toro,
buscando sus ancas iba,
y del rabo lo agarró.
Apoyó, entonces, su pie
contra su pata trasera,
y, fuerte, tiró del rabo.

Entonces, fue Gilgamés,
y como un carnicero,
valeroso y con buen tino,
supo clavar su puñal
detrás de los cuernos, justo
en la nuca, en la cruz.

Después de que hubieron dado,
al toro del cielo, muerte,
el corazón le arrancaron,
y lo ofrecieron a Samas;
y, luego, retrocedieron
para hacer la reverencia
ante el Dios Samas, el Sol.
Después se sentaron juntos,
como hacen los hermanos.

Istar subió a la muralla
de la ciudad de Uruk
-El Redil-,
comenzó a patalear,
y, agarrándose los pechos,
dio alarido de dolor:
condenado sea este
miserable Gilgamés,
que en ridículo me deja.
¡Me mató el toro del cielo!

Cuando Enkido a Istar oyó,
le arrancó al toro un brazuelo
y lo arrojó a la terraza,
donde se encontraba Istar:
como suba y te pille,
voy a hacer igual contigo;
te colgaré de tus manos
con las mismas tripas tuyas.

En el templo reunió Istar
a todos  los servidores,
a las esposas divinas
a las sacerdotisas,
y muchachas del amor;
y comenzó a celebrar
las exequias funerarias
ante el brazuelo del toro.

Gilgamés llamó ante sí
a los mejores herreros
y maestros oficiales,
y todos pudieron ver
el tamaño de los cuernos.
Se usaron sesenta libras
de piedra azul para adornos;
se emplearon, solamente
para los bordes, dos libras.
Seis tinajones de aceite
cabían en cada uno,
y él todo lo ofreció
para honra de la estatua
de Lugalbanda, su dios.
Luego, se volvió con ellos
y los colgó en su palacio.

Los dos lavaron sus manos
en aguas del río Eúfrates,
se cogieron de la mano,
y tomaron el camino
de regreso a la ciudad.
Se pasearon en carro
por las calles de Uruk,
en donde la muchedumbre
se agolpaba para verlos.

Y Gilgamés preguntó
a las sirvientas reales:
¿Quién es el hombre más bello
de entre todos los mortales?
¿Quién de entre todos ellos
se ha cubierto de más fama?

¡Gilgamés es el más bello
de entre todos los mortales!
¡Gilgamés es el que más
se ha cubierto con la fama!

Arrojamos los brazuelos
del toro a los pies de Istar,
pero ella no ha encontrado,
en la ciudad de Uruk,
a nadie que la consuele. 

.........         ...........     

Gilgamés dio en su palacio
un magnífico banquete.

Por la noche los dos hombres
se echaron a descansar,
y Enkido, mientras dormía,
un terrible sueño tuvo.
Enkido se levantó
y se fue a contar su sueño
a su amigo Gilgamés:

.................................................
(1) Silili, diosa no mesopotámica desconocida.
(2)  "Toro azul", licencia por toro del cielo.
....................................................


Amigo mío, ¿por qué
los grandes dioses están,
en consejo, reunidos?

Al amanecer, Enkido
le dijo a Gilgamés:
amigo mío, qué sueño,
que he tenido esta noche:
Anón, Ea y Enlil 
y Samas el celestial
mantuvieron un consejo;
y Anón le dijo a Enlil:
lo mismo que han dado muerte
a nuestro toro del cielo,
así mataron también
a Jumbaba, el guardián
en el monte de los cedros.

Y Anón dictó sentencia:
que muera uno de los dos.

Y Enlil le contestó:
que sea Enkido el que muera,
que no sea Gilgamés.

Allí, Samas, el celeste,
respondió al heroico Enlil:
¿No fue por orden mía(1)
por lo que ellos dieron muerte
a Jumbaba, el vigilante,
también al toro del cielo?
¿Por qué tiene que morir
ahora Enkido, el inocente?

Enlil se enfureció, entonces,
contra el dios celeste, Samas:
lo que es verdad es que tú
acompañaste sus pasos
todos los días de camino,
como si tú hubieras sido
su compañero de viaje.

Enkido estaba de pie
ante Gilgamés, su amigo,
y sus lágrimas corrían
en verdaderos regueros.
Te he querido, hermano mío,
mas ahora me llevarán
lejos de ti, hermano mío. 
Me sentaré entre los muertos;
cruzaré el umbral de la muerte,
y nunca ya te veré.(2)

Abrió la boca Enkido
para hablar
y le dijo a Gilgamés:
ven amigo mío, vamos
juntos al templo de Anón.
Hasta la entrada del templo
me tienes que acompañar;
que voy a echarme a la cara,
la puerta que yo ensamblé,
para que mi corazón
encuentre tranquilidad.
Yo elegí el cedro mayor
para honra de Nipur.

Enkido elevó la vista,
como si estuviera viendo
la puerta misma del templo
y, luego, le empezó a hablar
como se habla a una persona:
oh puerta del monte oscuro;
aunque no me puedas tú
entender, aunque no tengas
sentimientos como yo.
Veinte leguas caminé
hasta encontrar para ti
la madera más preciosa,
hasta que encontré en el monte
el cedro de mayor porte.

No tenía comparación
tu árbol en todo el monte;
tú tienes sesenta codos
de alta, veinte de ancha,
 y es de un codo tu grosor;
tus jambas y tus dinteles,
tanto arriba como abajo,
están hechos de una pieza.
Yo fui el que te ensamblé,
el que te trajo a Nipur
y fui el que te coloqué.

Si hubiera sabido, oh puerta,
que me pagarías así,
si hubiera sabido, oh puerta,
con qué me ibas a pagar,
hubiera cogido mi hacha
y astillas te hubiera hecho.

Te podría haber llevado
río abajo, como balsa,
al E Babara. Al E Babara(3)
podría haberte llevado,
hasta el templo del dios Samas,
y haber empleado el cedro
en las puertas de E Babara.
Clavaría en tu dintel
a Anzo, el de las tormentas,
y habría colocado, allí
delante, toros con alas;
con las piedras más preciosas
la entrada habría adornado.

Fama daría a la ciudad,
y esplendor al dios Samas,
y en Uruk te envidiarían,
pues Samas sí que me oyó
cuando a él me dirigí
y, cuando estuve en peligro,
puso en mis manos un arma.

Pero, oh puerta, ahora
que ya te hice, te traje
y te coloqué en Nipur,
¿cómo voy a hacerte yo
astillas y echarte abajo?
El rey que reine después,
que sienta odio hacia ti,
si es hombre como si es dios,
que te cuelgue en un lugar
donde no te vea nadie;
que borre de ti mi nombre,
que ponga el suyo, si quiere.

Arrancó, en su corazón,
su nombre y lo tiró lejos.

Escuchaba atento él,
mientras Enkido hablaba
raudamente, sin aliento.
Cuando Gilgamés oyó
las palabras de su amigo,
rompió a llorar él también.

Gilgamés abrió la boca
para hablar y dijo a Enkido:
amigo mío, tú eres
de una perfecta prudencia
que abarca todas las cosas.
¿Por qué, si tienes razón
y conocimiento, hablas
de manera tan odiosa
para con todos los dioses?
¿Por qué, mi amigo, importuna
tu corazón a los dioses?

El sueño debió ser raro,
y por eso fue tan grande
la angustia que te embargaba;
llegó de tu febril boca
como un zumbar de moscardas;
lo que te angustiaba era,
sin duda, algo importante,
y por eso raro el sueño.
Los dolores y la angustia
se quedan para los vivos;
el muerto deja al que vive
las penas y la ansiedad.

Yo suplicaré por ti
a los dioses principales,
iré a la casa de Samas,
a tu dios imploraré.
Al dios Anón rezaré,
padre de todos los dioses;
que Enlil, el gran consejero,
mi prez oiga en tu presencia
y que mi súplica encuentre
misericordia ante Ea.
De oro te haré una imagen,
mi oro gastaré en ella.

No gastes en ella plata,
ni lapislázuli ni oro.
Las palabras que Enlil dijo
no son como las que dicen
dioses menos importantes;
una vez que lo ha ordenado,
ya no lo retira más,
y lo que ha decidido,
ya no lo retira más.
Mi destino, amigo mío,
ya se ha determinado.
Muchos se tienen que ir
antes de andar su camino.

Cuando empezó a clarear,
levantó Enkido su rostro
para quejarse ante Samas.
Con el primer resplandor
corrieron sus primeras lágrimas:

Porque mi destino ha sido
ingrato, te pido, Samas,
que el cazador, aquel hombre
que cazaba con las trampas
y no me dejó vivir
tanto como a mis amigos,
que tampoco viva él
lo que sus amigos vivan.

Que le rehuya la caza,
que su botín sea pequeño,
que su parte en la ganancia
sea menuda en tu presencia;
que, en sus lazos, no se enganche
ninguna pieza de caza,
y si alguna se enganchara,
que se escape otra vez.

Después de haber maldecido
con toda su alma al cazador,
pensó maldecir  también
a Samjat, la del amor:
Vente, Samjat, hasta mí,
que te voy a echar la suerte,
un sino que arrastrarás
por toda la eternidad.
Yo te voy a maldecir
con una maldición grande,
maldición  que arrastrarás
desde ahora y para siempre.

Que no tengas una casa,
como siempre has deseado,
que nunca pases la vida
en medio de una familia,
que no te dejen entrar
en donde están las muchachas;
que por tus hermosos pechos
salga cerveza podrida;
que tu vestido de fiesta
lo eche a perder un borracho;
que no cuentes como propia
ninguna cosa bonita;
que tu protector prefiera
a mujeres más hermosas.
que te pegue como pega
el alfarero a su barro.

Que te arruinen los jueces;
que no te regale nadie
perfumeros de alabastro;
que la reluciente plata
-la riqueza de los hombres-
no llegue nunca hasta ti;
que sea una banca dura
la cama de tus placeres;
que sólo puedas sentarte
en el cruce de un camino.

Que sea un campo de ruinas
la habitación donde duermas;
que sea donde tu esperes
la sombra de las murallas;
que los abrojos y zarzas
rasguen la piel de tus pies;
que te peguen en la cara
los borrachos y los sobrios;
que rehuyan tu tugurio
los jóvenes más hermosos.

Que, sin pausa, te denuncien,
siempre ante los tribunales;
que te griten en la calle
sólo cosas de mal gusto;
que nunca los albañiles
limpien tu tejado roto;
que las lechuzas aniden
en las grietas de tu alcoba;
que no se celebren fiestas
alrededor de tu mesa;
que nadie te corresponda
nunca con algún regalo;
que tu vestido violeta
sea consagrado al templo.
Y que te regalen bragas
sucias, para tus vergüenzas.
Tú me convertiste en débil,
a mí que estaba sin mancha;
cuando vivía en la estepa,
tú me convertiste en débil,
a mí que estaba sin mancha.

Oyó Samas lo que hablaba,
y al punto sonó una voz
desde el cielo, que decía:
¡Ay, Enkido, ay, Enkido!,
¿por qué a Samjat maldices,
la muchacha del amor,
que pan divino te dio,
te dio cerveza de reyes,
te puso ropa preciosa
y te dio de compañero
a Gilgamés, el buen rey?

Te va a poner Gilgamés,
tu compañero y hermano,
en una preciosa tumba;
en una tumba que hará
con mucho amor, Gilgamés;
te va a sentar a su izquierda,
y los grandes del Submundo
te van a besar los pies.

Los habitantes de Uruk
te van a guardar el luto
y sentirán por ti pena.
Él hará que el hombre rico
te haga lamentaciones.

Una vez que ya no estés,
dejará crecer su pelo
en greñas, porque está triste.
Con una piel de león
vagará en tierras silvestres.

Enkido oyó las palabras
del dios heroico, de Samas.
Después de pensar ellas,
su corazón inquietado
encontró tranquilidad.

Oh Samjat, acércate,
que te quiero echar la suerte.
Te va a bendecir mi boca,
la boca que te maldijo;
que te amen gobernantes
y los príncipes también;
que desde una legua antes
estén impacientes ya
y se golpeen los muslos;
que desde dos leguas antes
vayan sacudiendo ya,
de impaciencia, sus melenas;
que no vacile el guerrero
en quitarse por ti el cinto,
que te regale obsidiana,
lapislázuli y oro,
que te regale pendientes
y sean joyas su presente.

Istar, que es la más hermosa,
de las diosas, que te dé
acceso hasta aquellos hombres,
cuyas casas están llenas
de las riquezas más grandes;
que abandonen por ti
a su primera mujer,
aun en el caso que fuera
la madre de siete hijos.

Enkido estaba acostado;
le dolía el cuerpo entero;
estaba en la compañía
de su amigo y le contó
aquello que le agobiaba:
amigo, mira que sueño
tuve esta última noche:
estaba tronando el cielo,
repetía el eco la tierra.
Yo estaba entre los dos
y alguien apareció allí;
era su rostro sombrío,
se parecía a Anzo,
el pájaro de los truenos.
Eran zarpas de león
sus manos, y eran sus uñas
garras de águila finas.
De los pelos me cogió
y me quiso doblegar;
yo le pegué y él, entonces,
hizo una comba en el aire,
se revolvió y se apartó.
Luego, se echó sobre mí
como tromba y me pegó.

Me tiró al suelo, después,
como un toro poderoso,
y mojó todo mi cuerpo
con su espuma venenosa.
Yo gritaba: ¡Amigo mío,
sálvame, oh sálvame!,
pero tú tenías miedo
y no viniste en mi ayuda.
Allí estaba yo indefenso
y no podía hacer nada
y te gritaba: ¡Sálvame,
sálvame, amigo mío!

Me pegó y me convirtió
en paloma y me ató
los brazos como si fueran
las alas de un pajarillo;
lo hizo para llevarme
a la mansión de Irkala(4),
la casa de oscuridad;
al sitio del que ya nadie
puede salir, una vez
que haya cruzado la puerta;
al camino que se anda
y no tiene vuelta atrás;
a la casa donde nadie
nunca puede ver la luz;
donde se comen el polvo,
tienen al barro por pan,
donde, como pajarillos,
van vestidos con plumajes;
nunca pueden ver la luz,
viven en la oscuridad.
En la puerta y los cerrojos
se va acumulando el polvo.
En la morada del polvo
reina un silencio mortal.

En la morada del polvo,
en la que yo me interné,
se amontonaban coronas
por doquier donde miré;
contemplé aquellos hombres
que las llevaron un día,
cuando regían territorios;
aquellos que, para Anón
y Enlil, ponían la mesa
con asados bien calientes,
a los que traían el pan
y llenaban de agua fresca
los recipientes reales.

En la morada del polvo,
en la que yo me interné,
estaban los sacerdotes,
los monaguillos también;
también allí se encontraban
los curas de la pureza,
los de la meditación,
los sacerdotes ungidos
de los dioses principales.
Allí se encontraba Etana(5)
y estaba también Sakán,
y la reina del Submundo,
la diosa Ereskigal.
Ante ella, Belet Seri,
la escribana del Submundo,
con la tablilla de barro
que le leía en voz alta.

Miró hacia arriba y me vio:
¿Quién ha traído a este hombre
hasta aquí, quien ha traído
a este tipo por aquí?
Nadie me trajo noticia
de que estaba ya en la tumba;
tampoco dijeron nada
los de la meditación,
y tampoco me dio aviso
la diosa Ereskigal,
ni Nantar, su consejero
........................ el diluvio

.......faltan 40 líneas ...........

¡Yo he compartido contigo
tantas privaciones, tantas!
Acuérdate de mí, amigo,
y no eches en olvido
todo lo que hice por ti.

Tuvo una visión mi amigo
que no va a haber otra igual.

El día que tuvo el sueño
le abandonaron las fuerzas;
enfermo estaba Enkido;
acostado estuvo un día,
y un segundo día, Enkido
estuvo acostado, en cama,
y su enfermedad crecía;
un tercer y un cuarto día
su enfermedad fue a peor;
al quinto y al sexto día,
al séptimo y al octavo,
también al día noveno,
y al décimo empeoró
la enfermedad de Enkido.

Y al undécimo día,
al duodécimo también,
todo seguía lo mismo.
Enkido estaba acostado,
no se podía mover.
Luego llamó a Gilgamés
y le dijo a su amigo:
me ha abandonado mi dios,
mi amigo, me ha abandonado.
No moriré como aquel
que cae en la batalla;
tuve miedo en el combate
y ahora muero sin fama.

El que cae en la batalla,
mi amigo, se forja un nombre;
pero yo ya no caeré
en el campo de batalla,
y no me forjaré un nombre

.........faltan 20 líneas .........

.......................................

(1) En el texto original se dice, erróneamente,
     "tuya", en lugar de "mía".
(2) Tablilla antigua de Hutusa, en lengua hitita.
(3) E-Babara (Ebabbara), la casa reluciente,
      era el templo del dios Sol (Samas) en Larsa. 
(4) Irkala era la estancia de los muertos (de sus 
     sombras o espíritus) en el Submundo o
     Infierno, que se encontraba debajo de la tierra.
(5) Etana fue un rey de la ciudad de Kis.
...................................................................


Cuando empezó a clarear,
comenzaba Gilgamés
a llorarle a su amigo.

Oh Enkido, oh Enkido,
fue la gacela, tu madre,
tu padre, el asno salvaje,
los que cuidaron de ti;
y fuiste amamantado
con la leche de la onagra;
fue la manada salvaje
la que te enseñó los pastos.

Que te lloren, oh Enkido,
los caminos que conducen
al gran monte de los cedros;
que te lloren día y noche
y que no cesen jamás.

Que lleve luto por ti
el Consejo de Mayores
de la ciudad de Uruk
-El Redil-;
que lleve luto por ti
la gente que nos bendijo.

Que lleven luto por ti
las cumbres de las montañas
y las pequeñas colinas,
y también las aguas claras
que tienen su fuente allí;
que lleve luto por ti,
como madre, la pradera;
que lleven luto por ti
los matorrales y arbustos,
los cipreses y los cedros
a través de los que, a oscuras,
nos abríamos camino.

Que te guarden luto el oso,
las hienas y los leopardos,
los chacales y los ciervos,
los toros y los leones,
los corzos y los carneros,
y todos los animales;
que lleve luto por ti
el sagrado río Ulaya
cuyas riberas pisamos
en la flor de nuestras vidas.

Que guarde luto por ti 
el limpio río Eúfrates
con cuyas aguas hicimos
ofrendas de nuestras odres;
que lleven luto por ti
los jóvenes de Uruk
-El Redil-,
testigos de nuestra lucha
con el gran toro del cielo;
que lleve luto por ti
el labrador en el surco
cuando, al pronunciar tu nombre,
rompa a cantar ¡Aleluya!,
el canto de las cosechas.

Que guarde luto por ti,
en la explanada de Uruk,
la escuela de los escribas
que tu nombre ensalzó;
que guarde luto el pastor,
cuya leche y mantequilla
tan dulce era a tu boca;
que lleve luto por ti
el zagal de los pastores,
que vigilaba sus sueños,
el que te traía siempre
el requesón a tus labios.

Que lleve luto por ti
el hacedor de  cerveza,
aquel que te la traía
para calmar tu garganta;
que guarde luto Samjat,
la muchacha del amor,
la que te ungió con aceite
de buen olor y fragancia.

Que te guarden luto todos
en las casas de las bodas,
porque te pusiste al lado
de la novia, sabiamente;
que guarde luto por ti
al completo la familia;
que lleven luto por ti
los hombres y las mujeres,
que dejen crecer su pelo
por la espalda, como hermanas.

Yo fui para ti, Enkido,
como una madre y un padre.
Te lloraré en la pradera
donde tenías los pastos.

Oh jóvenes, escuchadme,
escuchadme los mayores
de Uruk -la de La Explanada-,
que voy a llorar a Enkido,
y a hacer lamentaciones
como hacen las plañideras.

Un viento de mil demonios
se levantó y me quitó
el hacha de mi costado,
en la que confió mi brazo,
el puñal de mi cintura,
el escudo de mi cara,
el vestido de las fiestas,
y mi túnica mejor.

Amigo mío, amigo,
impetuoso onagro,
asno de las tierras altas,
leopardo de las estepas.
Amigo mío, Enkido,
impetuoso onagro,
asno de las altas tierras,
leopardo de las estepas.
Juntos subimos los montes,
apresamos y logramos
matar al toro del cielo;
Juntos matamos, también,
a Jumbaba, el que vivía
en el monte de los cedros.

¿Qué es este sueño que tienes?
Has perdido la consciencia
y ya no me escuchas más.

Mas él no movió los ojos.

Él tentó su corazón,
pero ya no le latía.
Tapó la cara a su amigo,
como se hace con las novias.

Como águila saltó,
revolaba sobre él;
como leona que ha perdido
a sus leoncillos queridos,
gritó de aquí para allá,
gritaba y volvía a gritar.
Se revolvió los cabellos,
se rasgó las vestiduras
y lejos las arrojó,
como ropas hechizadas.
Cuando empezó a clarear,
hizo saber Gilgamés
en todo su territorio:

Canteros y batidores
del cobre, herreros, plateros,
orífices y escultores:
quiero que hagáis una estatua
a mi amigo Gilgamés.
Hacedme una gran estatua,
como nadie nunca hizo
alguna a un amigo suyo;
que los miembros de mi amigo
sean de plata reluciente,
los ojos de piedra azul,
que sea su pecho de oro,
y que el resto de su cuerpo
de precioso cedro sea.

...........faltan 11 líneas .........

Yo te voy a sepultar
en una tumba preciosa;
yo te voy a sepultar
en una tumba de honor,
en una tumba que haré
con el amor que te tuve.
Voy a sentarte a mi izquierda,
y los grandes del Submundo
te van a besar los pies.
Los habitantes de Uruk
te van a guardar el luto
y por ti sentirán pena.
Yo voy a hacer que los ricos
te hagan lamentaciones.
Ahora que ya no estás,
dejaré crecer mi pelo;
con una piel de león
vagaré en silvestres tierras.

Cuando empezó a clarear,
se levantó Gilgamés;
se apresuró hacia la casa
donde guardaba el tesoro.
Mandó romper los precintos,
contempló la pedrería:
obsidiana, cornalina,
lapislázuli, alabastro.

Un vaso de cornalina,
artísticamente hecho,
con adornos de oro puro,
lo apartó para su amigo;
un becerrillo de oro,
lo apartó para su amigo;
un jarrón de plata, y asa
de una libra de oro
lo apartó para su amigo;
un plato de bronce, y asa
de una libra de oro
lo apartó para su amigo;
un plato de una libra de oro
lo apartó para su amigo;
...............................
.................... entre ellos,
engastado
con treinta libras de oro;
............... era a ella.............
lo apartó para su amigo;
..............................
.......................era de gruesa;
..................era ella ............
lo apartó para su amigo;
............................
............................ ancho;
.....................................
lo apartó para su amigo;
una cadena de oro
y plata para su pecho,
con colgante de cristal,
lo apartó para su amigo;
un anillo de oro fino
lo apartó para su amigo;
una pulsera de plata
la apartó para su amigo;
un brazalete de bronce
lo apartó para su amigo;
tres candelabros de bronce,
diez perfumeros de plata,
lo apartó para su amigo;
un dosel para sus pies
lo apartó para su amigo;
un baúl con más de ciento
treinta libras de marfil,
lo apartó para su amigo.

Una cántara de plata
con un asa que tenía
más de siete libras de oro,
lo apartó para su amigo;
lanzas de madera hermosa,
para su robusto brazo,
las sacó para su amigo;
buenas pieles de becerro
y, de ellas una aljaba
con una hombrera adornada
con sesenta libras de oro
lo apartó para su amigo;
para su brazo, un escudo
adornado con marfiles,
con asa de plata pura,
de más de sesenta libras
lo apartó para su amigo;
............................
tenía tres codos de largo
....................era de grueso
lo apartó para su amigo;
...................................
con adornos de oro fino

......................
 ...............de cornalina,
una vara de metal,
y madera de buen boj,
con un animal salvaje
labrado en su empuñadura,
lo apartó para su amigo;

Mató los bueyes cebados
y ovejas, los amontonó,
y todo para su amigo.
Cuando Samas hubo visto
todos aquellos tesoros,
llevaron toda la carne
a los amos del Submundo,
y lo mostraron también
a la gran reina Istar.

Una lanza hecha de tejo,
de reluciente madera,
la sacó a la luz de Samas
para la gran reina Istar:
que quiera la reina Istar
aceptar este presente,
y que dé la bienvenida
a mi amigo, y que acceda
a que camine a su lado.

Un arco hecho de olmo
y buenas flechas de jara
los sacó a la luz de Samas
para Namra Sit(1), el dios:
que quiera el dios Namra Sit
aceptar este presente,
y que dé la bienvenida
a mi amigo, y que acceda
a que camine a su lado.
Un frasco de piedra azul,
un frasco de cornalina,
con bienolientes perfumes,
los sacó a la luz de Samas
para Ereskigal, la diosa,
la señora del Submundo:
que quiera Ereskigal,
la señora del Submundo,
aceptar este presente,
y que dé la bienvenida
a mi amigo, y que acceda
a que camine a su lado.
Un flautín de cornalina
y una lira de ciprés,
los sacó a la luz de Samas
para Dumuzi, el pastor,
el gran amante de Istar:
que quiera el pastor Dumuzi,
el gran amante de Istar,
aceptar este presente,
y que dé la bienvenida
a mi amigo, y que acceda
a que camine a su lado.

Una silla repujada
de lapislázuli y de oro;
de lapislázuli un cetro,
los sacó a la luz de Samas
para Nantar(2), el gran dios,
el que administra el Submundo:
que quiera Nantar, el dios,
el que administra el Submundo,
aceptar este presente,
y que dé la bienvenida
a mi amigo, y que acceda
a que camine a su lado.

Un collar con cuentas de oro
y piedras de cornalina,
lo puso a la luz de Samas
para Jusbisa, la dama,
la señora del Submundo:
que quiera Jusbisa,
la señora del Submundo,
aceptar este presente,
y que dé la bienvenida
a mi amigo, y que acceda
a que camine a su lado.
Mandó hacer un cinturón
con una hebilla de  plata,
y una pulsera de cobre,
los sacó a la luz de Samas
para Kaso Tabat,
sirviente de Ereskigal:
que quiera Kaso Tabat,
sirviente de Ereskigal,
aceptar este presente,
y que dé la bienvenida
a mi amigo, y que acceda
a que camine a su lado.
que lleve alegría a mi amigo
que mi amigo no esté nunca
melancólico ni triste.

Una fuente de alabastro,
incrustada en su interior
con piedra azul, cornalina,
representando una estampa
de los montes de los cedros;
una jarra de alabastro,
de cornalina incrustada,
los sacó a la luz de Samas
para Ninsulujatuma,
la que limpia la morada:
quiera Ninsulujatuma,
la que cuida la morada,
aceptar este presente,
y que dé la bienvenida
a mi amigo, y que acceda
a que camine a su lado.
que lleve alegría a mi amigo,
que mi amigo no esté nunca
melancólico ni triste.

Un puñal con doble filo
y el mango de piedra azul,
representando una estampa
del limpio río Eúfrates,
lo sacó a la luz de Samas
para Bibo, el carnicero:
que quiera, que quiera Bibo,
carnicero del Submundo,
aceptar este presente,
y que dé la bienvenida
a mi amigo, y que acceda
a que camine a su lado.

Un chivo de bronce y oro
con el lomo de alabastro,
lo sacó a la luz de Samas
para Dumuzi Abzo,
el chivo expiatorio
del Submundo infernal:
que quiera Dumuzi Abzo,
el chivo expiatorio
del Submundo infernal,
aceptar este presente,
y que dé la bienvenida
a mi amigo, y que acceda
a que camine a su lado.

Una maza de madera,
con remate en piedra azul,
con cornalina adornado,
lo sacó a la luz de Samas
para Nergal, el gran dios,
el que gobierna el Submundo:
que quiera Nergal, el dios,
el que gobierna el Submundo,
aceptar este presente,
y que dé la bienvenida
a mi amigo, y que acceda
a que camine a su lado.

......  faltan 8 líneas.......

Un
de madera de buen cedro
lo sacó a la luz de Samas
para el gran
que quiera
el gran
aceptar este presente,
y que dé la bienvenida
a mi amigo, y que acceda
a que camine a su lado.

...... faltan 7 líneas ........

.......... que nosotros..........
.............sus nombres .........
............
el juez de todos los dioses
......................

Esto escuchó Gilgamés
y, entonces, tuvo la idea
de hacer en el río una presa.

Cuando empezó a clarear,
abrió Gilgamés su puerta;
sacó afuera una gran mesa
hecha de árbol de tejo;
llenó con miel una fuente
de cornalina, y un cuenco
de piedra azul, con calostros.
Con todo adornó la mesa,
lo puso a la luz de Samas.

Y llamó a los sacerdotes
de los dioses principales:
los consagrados a Anón,
los dedicados a Enlil,
las grandes sacerdotisas
y a las hijas del amor;
a todos les encargó
las exequias funerales
para su amigo Enkido.

....... faltan 30 líneas ......

(entierro de Enkido y abandono de la
ciudad por Gilgamés)
..............................................
(1) Namra-Sit era otro nombre del dios Sin,
      el dios Luna.
(2) Ver nota final H.
..........................................................


Errante en tierras silvestres,
sin consuelo, Gilgamés
lloraba a su amigo Enkido:

¿Por qué no me muero yo?
¿Es que no soy como Enkido?

Se ha metido en mí la angustia,
y el temor ante la muerte
hace que vague en la estepa,
para encontrar a  Ut Napisti,
el hijo de Ubar Tutó;
tan pronto encuentre la senda,
quiero caminar ligero;
por la noche cruzaré
los pasos de las montañas;
cuando vea los leones
tendré miedo, como siempre,
pero alzaré mi cabeza
para rezar al dios Luna;
a Sin, linterna del cielo,
dirigiré mi plegaria:

Dame protección, oh Luna,
que estoy en este peligro.

Aquella noche durmió,
pero despertó del sueño
con una gran pesadilla:
junto a un cilanco, las bestias
se alegraban de vivir;
él echó mano a su hacha
que llevaba en el costado,
y desenvainó el puñal.
Como una flecha se echó
entremedias de las fieras,
y se fue a por los leones;
a unos muerte les dio,
y a otros los espantó.

Luego............
arrojó................
trazó..........
El nombre de uno era........
El nombre del otro era........
Levantando su cabeza
le rezó al dios de la Luna;
a Sin, linterna del cielo,
dirigió sus oraciones

Él se vistió con sus pieles,
se alimentó con su carne;
pozos cavó Gilgamés
donde nunca hubo pozos,
sació su sed con sus aguas,
mientras corría tras los vientos,
mientras perseguía los vientos(1).
Samas, con preocupación,
se inclinó, miró hacia abajo
y le habló a Gilgamés:
oh Gilgamés, ¿dónde vas?
La vida que estás buscando
no la encontrarás jamás.

Por mucho que esté corriendo
y vagando por la estepa,
tiempo habrá de descansar
cuando llegue al Submundo.
Allí tendré que estar quieto
y dormiré para siempre.
Deja que mis ojos vean,
y que se harten de luz.
Sin fin es la oscuridad,
en él hay muy poca luz.
¿Cuándo volverán los muertos
a ver los rayos del Sol?(2)
........................

El nombre del monte es Masu.

Llegó a la montaña Masu,
a la montaña gemela,
la que guarda la salida
de donde, día tras día,
se eleva el brillante Sol,
en cuyas cimas se apoya
la bóveda celestial,
y cuyas laderas se hunden
en el Submundo infernal.

Su puerta está custodiada
por dos hombres-escorpión;
sólo mirar, da terror,
su vista es mortal veneno
y su brillo es espantoso;
ellos cubren con sus rayos
toda la montaña Masu;
ellos hacen guardia al Sol,
cuando sale y en su ocaso.

Gilgamés los vio y tapó,
de miedo y horror, su rostro;
poco a poco se repuso 
y se fue hacia donde estaban.
El hombre-escorpión, varón,
le gritó a su mujer:
aquel que viene a nosotros
tiene la carne de dioses.
El hombre-escorpión, mujer,
respondió a su marido:
no, sólo dos partes de él
son carne de dioses, y una
de él es carne de hombres.
El hombre-escorpión, varón,
lo llamó, y estas palabras
le dirigió a Gilgamés,
al rey con carne de dioses:

¿Cómo has venido hasta aquí,
y has hecho este largo viaje?
¿Cómo has llegado hasta aquí,
y estás delante de mí?
¿Cómo has cruzado los mares,
difíciles de cruzar?
Cuéntame cómo has venido;
quiero saber de tu viaje,
de qué lugar has partido,
qué dirección has seguido,
y cómo te has mantenido;
quiero saber de tu viaje

.........14 líneas faltan ........

Si he hecho un viaje tan largo
ha sido para encontrar
a un antepasado mío,
a Ut Napisti, el que asistía
a la asamblea de los dioses
y encontró la vida eterna;
que quiero que me desvele
el secreto de la vida,
el secreto de la muerte.

El hombre-escorpión varón
para hablar abrió la boca
y le dijo a Gilgamés:
Nunca antes, Gilgamés,
hubo alguien como tú;
nunca nadie hizo antes
la senda de las montañas.
Nunca nadie anduvo antes
la senda oculta del monte.
Doce horas hay que andar
a través de su interior;
la oscuridad es muy densa,
no hay allí ninguna luz.
Por donde se asoma el Sol,
todo es luminosidad,
por donde se pone el Sol
todo es oscuridad,
Por donde se asoma el Sol,
..........................
lo llevan ........... afuera
..........................
y tú, ¿cómo quieres tú
emprender ese camino?
Y tú, quieres, de verdad,
en .........

......faltan 24 líneas .............
 
llevados por la tristeza
................................
la escarcha y el calor
me requemaron la cara.
Aunque ya estoy agotado
y mis fuerzas ya flaquean,
quiero llegar, todavía,
hasta el fin de mi camino.

El hombre-escorpión varón
para hablar abrió la boca
y le dijo a Gilgamés,
al rey de carne de dioses:
puedes marchar, Gilgamés.
Quieran las montañas Masu
permitirte que las cruces.
Que hagan guardia en tu camino
las montañas y las lomas,
que te ayuden a seguir,
con seguridad, tu viaje.
Que las puertas de los montes
quieran abrirse ante ti

Gilgamés escuchó atento.
Lo que habló el hombre-escorpión
lo guardó dentro de sí;
tomó la senda de Samas,
y se metió en la montaña.
Cuando había andado una hora,
lento era su caminar,
la oscuridad era densa,
no había ninguna luz;
Samas no le permitía
poder mirar hacia atrás.

Cuando llevaba dos horas,
lento era su caminar,
la oscuridad era densa,
no había ninguna luz;
no le estaba permitido
poder mirar hacia atrás.

Cuando pasaron tres horas
lento era su caminar,
la oscuridad era densa,
no había ninguna luz;
no le estaba permitido
poder mirar hacia atrás.

Después de las cuatro horas,
lento era su caminar,
la oscuridad era densa,
no había ninguna luz;
no le estaba permitido
poder mirar hacia atrás.

y después de cinco horas,
lento era su caminar,
la oscuridad era densa,
no había ninguna luz;
no le estaba permitido
para mirar hacia atrás.

Cuando había andado seis horas,
lento era su caminar,
la oscuridad era densa,
no había ninguna luz;
no le estaba permitido
poder mirar hacia atrás.

Después de andar siete horas,
lento era su caminar,
la oscuridad era densa,
no había ninguna luz;
no le estaba permitido
poder mirar hacia atrás.

Cuando llevaba ocho horas
comenzó a andar más deprisa;
la oscuridad era densa,
no había ninguna luz;
no le estaba permitido
poder mirar hacia atrás.

Después de andar nueve horas
notó el viento del norte,
que le venía de frente 
y le daba en las mejillas;
la oscuridad era densa,
no había ninguna luz;
no le estaba permitido
poder mirar hacia atrás.

A las diez horas de andar
cerca estaba la salida.
Cuando llevaba once horas,
solo faltaba una hora.

Después de las doce horas,
Gilgamés llegó a la puerta,
por delante del dios Samas.
Salió a fuera y todo allí
era luminosidad.

Una vez que vio su rostro,
se fue al jardín de los dioses:
árboles de cornalina,
del que pendían las frutas;
colgaban como en racimos,
era una preciosa vista.

 De lapislázuli el  árbol,
lucía en todas sus ramas,
estaba lleno de frutas,
era su vista un placer.

...........7 líneas faltan .........

Había altos cipreses
de piedra, como peñascos;
cedros hermosos había,
con las hojas de alabastro;
había muchas palmeras,
con hojas del paraíso(3).

Corales de mar había,
todos eran de rubíes;
y pendían hematites
como alcaparras allí.
En vez de frutas del pan
y bolas blancas de chopo,
ágatas y olivino,
de los árboles pendían;
y piedras que caen del cielo
embellecían las plantas
del jardín, y en abundancia;
abundoso era allí
el verde de las turquesas.

Entre fuentes de agua clara,
para regar tanta abundancia,
los árboles de los dioses
se extendían desde el mar
hasta las altas montañas.

Gilgamés iba y venía
por aquel jardín hermoso.
Ella levantó la vista
y lo estuvo observando.
..........................................................
(1) Estos "vientos" son espejismos del desierto.
(2) Tablilla paleobabilónica de Sipar.
(3) en el original "Dilmun", el Paraíso, la isla
      de la felicidad, en la tradición sumeria.
.................................................................


Siduri, una tabernera
que vivía allí abajo,
en la soledad del mar;
vivía en una taberna,
de la mar, en la ribera.
Allí había repisas
para colocar las jarras
y las vasijas de oro;
en la cabeza llevaba 
un pañuelo y una toca.

Gilgamés se iba acercando
despacio a donde ella estaba.
Sin embargo, aunque tenía
algo de carne de dioses,
la angustia había anidado
dentro de su corazón.
Tenía la cara de alguien
que viene de recorrer
un camino muy lejano.

Al verlo, la tabernera
musitaba en su interior
las palabras que ahora siguen,
hablaba consigo misma,
quien podría ser aquel:
éste es, seguramente,
un hombre que se dedica
a cazar toros salvajes;
pero, ¿de donde vendrá
y por qué viene hacia mí?
Cuando lo hubo observado
despacio, atrancó la puerta;
cuando la tuvo cerrada
se subió a la azotea.

Gilgamés, que había escuchado
el ruido que había hecho,
levantó un poco el mentón
y se volvió a donde estaba.
Y Gilgamés le habló,
le dijo a la tabernera:
Tabernera, ¡has cerrado!,
¿por qué atrancaste la puerta
cuando me viste de lejos?
Has atrancado la puerta
y te has subido arriba.
Desatrancaré la puerta
y la tranca romperé.
Luego, habló la tabernera,
le dijo a Gilgamés:
tuve miedo de un extraño,
por eso atranqué la puerta;
porque no sabía quien eras,
me subí a la terraza;
ahora que te veo, quiero
saber todo de tu viaje.

Gilgamés le replicó,
a ella, a la tabernera:
mi amigo Enkido y yo
somos aquellos que, juntos,
subimos a las montañas,
atrapamos y matamos,
los dos, al toro del cielo,
destrozamos a Jumbaba,
el que tenía su escondite
en el Monte de los Cedros;
juntos matamos leones
en los puertos de montaña.

Entonces, la tabernera
le dijo a Gilgamés:
si vosotros sois aquellos
que mataron al guardián,
abatieron a Jumbaba
en el Monte de los Cedros,
los que mataron leones
en los puertos de montaña,
atraparon y mataron
al mismo toro del cielo,
¿por qué es por lo que tienes
las mejillas tan hundidas,
tienes cansado el semblante,
el timbre de voz tan débil,
el rostro tan demacrado?
 ¿Por qué la preocupación
se ha metido en tus entrañas,
tienes la cara de aquel
que vuelve de un largo viaje?
¿Por qué la escarcha, el calor,
han requemado tu rostro,
vas errante por los cerros
con una piel de león?

¿Y cómo no iba a tener
las mejillas tan hundidas,
el semblante tan cansado,
débil el timbre de voz,
el rostro tan demacrado?
¿Por qué la preocupación
no se iba a deslizar
dentro de mi corazón,
y no iba a tener mi rostro
como la del caminante
que vuelve de un largo viaje?
¿Por qué la escarcha, el calor,
no iban a quemar mi rostro,
no iba a vagar por los cerros
con una piel de león?

¡Mi amigo, mi gran amigo,
un onagro impetuoso,
un asno del altiplano,
un leopardo de la estepa!
¡Enkido, mi amigo Enkido,
un onagro impetuoso,
un asno del altiplano,
un leopardo de la estepa!
Mi amigo, al que tanto quise,
el que conmigo sufrió
en el claro y la espesura.
Enkido, al que tanto quise,
el que conmigo sufrió
en la espesura y el claro.
A él lo alcanzó el destino
de las personas mortales.
Seis días lloré por él,
y durante siete noches;
permití que lo enterraran
sólo cuando vi un gusano
caerle de la nariz.

Entonces me entró la angustia,
tuve miedo, porque yo
también tenía que morir;
Comencé a sentir, entonces,
el temor ante la muerte
y a vagar por las estepas.
Lo que le pasó a mi amigo
algo muy pesado fue
para poder soportarlo;
desde entonces, un camino
largo tengo tras de mí
por las montañas silvestres;
Lo que a Enkido le pasó
algo muy pesado fue
para poder soportarlo;
desde entonces, un camino
largo tengo tres de mí
por las silvestres estepas.

¿Cómo podía callar?
¿Cómo iba a estar tranquilo?
Mi amigo, al que tanto quise
se había vuelto barro.
Enkido, al que tento quise
se había vuelto barro.
¿No me va a pasar a mí
lo mismo, no voy a estar
postrado y ya nunca más
voy a poder levantarme,
en toda la eternidad?

Gilgamés le habló de nuevo,
le dijo a la tabernera:
dime, ahora, tabernera
¿dónde encontraré el camino
que me lleve a Ut Napisti?
¿De qué lugar partiré?
Muéstrame en qué dirección
me tendré que mantener.
Si es posible para el hombre,
cruzaré los océanos,
si no, seguiré vagando
por la estepa, como antes.

Entonces, la tabernera
respondió a Gilgamés:
oh Gilgamés, nunca hubo
un camino hasta allí;
desde los remotos tiempos
no hubo quien consiguiera
cruzar el ancho océano.
Sólo Samas, el heroico,
puede cruzar océanos.
La travesía es peligrosa,
está llena de peligros
y, a la mitad del camino,
está el Agua de la Muerte
que impide seguir el viaje.
Y aunque pudieras lograr
cruzar el mar, Gilgamés,
¿qué piensas que vas a hacer
cuando consigas llegar
a las Aguas de la Muerte?

Allí está Ur Sanabi,
el barquero de Ut Napisti,
Los de Piedra están con él
mientras él, dentro del monte,
pelando pinos está.

Vete a él, que vea tu rostro.
Si es posible a los humanos,
entonces, viaja con él,
y si no es posible, vuelve,
y regresa a tu lugar.

Cuando esto oyó Gilgamés,
cogió el hacha y se sacó
el puñal de su cintura,
se deslizó y se lanzó
sobre los Seres de Piedra;
sin parar daba sablazos,
como una flecha, entre ellos,
y el eco de su alarido
dentro del monte se oyó.

Ur Sanabi vio brillar
la hoja de su puñal,
y hacia él se dirigió,
llevando el hacha en la mano;
sin embargo, Gilgamés
se revolvió y le asestó
fuerte golpe en la cabeza,
luego, lo agarró del brazo,
lo sujetó fuertemente.

Y el miedo se apoderó
de aquellos Seres de Piedra
al servicio de la barca,
sin los que el Agua de Muerte
no se puede atravesar.
Él los hizo mil añicos,
los echó al fondo del mar;
en el agua se quedaron, 
en el agua en que se hundieron.
Él los hizo mil añicos
en el ardor de su ira,
y los echó a la corriente.
Luego, contempló la barca
que se encontraba en la orilla,
y se fue a ver al barquero.

Volvió y se inclinó ante él
y ,observándolo Ur Sanabi,
le miraba a él a los ojos;
luego le habló Ur Sanabi,
le dijo a Gilgamés:
¿por qué nombre te conocen?,
Ur Sanabi soy yo,
de Ut Napisti, el lejano.

Gilgamés le contestó,
le dijo a Ur Sanabi:
yo me llamo Gilgamés,
vengo de Uruk, la ciudad
donde el dios Anón reside;
he esquivado las montañas
por una senda escondida,
por la que sale el dios Sol.(1)

Luego le habló Ur Sanabi,
le dijo a Gilgamés:
¿Por qué tienes, Gilgamés,
las mejillas tan hundidas,
el semblante tan cansado,
el timbre de voz tan débil,
el rostro tan demacrado?
 ¿Por qué las preocupaciones
se han metido en tus entrañas,
tienes la cara de aquel
que vuelve de un largo viaje?
¿Por qué la escarcha, el calor,
han requemado tu rostro,
vas errante por los cerros
con las pieles del león?

Gilgamés dijo a Ur Sanabi:
¿Y cómo no iba a tener
las mejillas tan hundidas,
el semblante tan cansado,
débil el timbre de voz,
el rostro tan demacrado?
¿Por qué la preocupación
no se iba a deslizar,
dentro de mi corazón,
y no iba a tener el rostro
como el del caminante
que vuelve de un largo viaje?
¿Por qué la escarcha, el calor,
no iban a quemar mi rostro,
no iba a vagar por los cerros
con las pieles de león?

¡Mi amigo, mi gran amigo,
un onagro impetuoso,
un asno del altiplano,
un leopardo de la estepa!
¡Enkido, mi amigo Enkido,
un onagro impetuoso,
un asno del altiplano,
un leopardo de la estepa!
Mi amigo, al que tanto quise,
el que padeció conmigo
en el claro y la espesura.
Enkido, al que tanto quise,
el que padeció conmigo
en la espesura y el claro.
A él lo alcanzó el destino
de las personas mortales.
Seis días lloré por él,
y durante siete noches;
no dejé que lo enterraran
hasta que cayó un gusano
del hueco de su nariz.

Entonces me entró la angustia,
tuve miedo, porque yo
también tenía que morir;
empecé a sentir entonces
el temor ante la muerte,
y a vagar por las estepas.
Lo que le pasó a mi amigo
pesó mucho sobre mí
para poder soportarlo;
desde entonces, un camino
largo tengo tras de mí
por las montañas silvestres;
Lo que a Enkido le pasó
pesó mucho sobre mí
para poder soportarlo;
desde entonces, un camino
largo tengo tres de mí
por las silvestres estepas.

¿Cómo podía callar?
¿Cómo iba a estar tranquilo?
Mi amigo, al que tanto quise,
se había vuelto barro.
Enkido, al que quise tanto
se había vuelto barro
¿No me va a pasar a mí
lo mismo, no voy a estar
postrado y ya nunca más
voy a poder levantarme,
en toda la eternidad?

Gilgamés le habló de nuevo,
a Ur Sanabi le dijo:
dime, ahora, Ur Sanabi
¿dónde encontraré el camino
que me lleve a Ut Napisti?
¿De qué lugar partiré?
Muéstrame en qué dirección
me tendré que mantener.
Si es posible para el hombre,
cruzaré los océanos,
si no, seguiré vagando
por la estepa, como antes.

Allí le habló Ur Sanabi,
le respondió a Gilgamés:
oh Gilgamés, Gilgamés,
han sido tus propias manos
las que han hecho imposible
seguir con la travesía.
Destrozaste a Los de Piedra,
al río los arrojaste.
Los de Piedra están deshechos,
sin pelar están los pinos.
Coge, Gilgamés, el hacha,
vete para abajo, al monte,
y corta trescientas latas,
de treinta metros de largas;
quítale las ramas, hazles,
en sus puntas, un tetón
y tráelas ante mí.

Gilgamés escuchó atento
las palabras que él le dijo;
cogió con su mano el hacha,
sacó el puñal de su cinto
y se dirigió hacia abajo,
al monte, y de treinta metros
trescientas latas cortó;
les quitó todas las ramas,
les hizo un abultamiento
en la punta y las llevó
ante Ur Sanabi, el barquero.

Gilgamés y Ur Sanabi
se subieron a la barca;
se sentaron, maniobraron.

En tres días avanzaron
tanto como se recorre
navegando mes y medio;
llegó, entonces, Ur Sanabi
a las Aguas de la Muerte.
Y Ur  Sanabi le habló,
le dijo a Gilgamés:
¡Hazte a ello, Gilgamés!
Coge la primera lata.
Ten cuidado, que no toque
tu mano el Agua de Muerte,
que si no, se secará.
Toma la segunda lata,
la tercera, Gilgamés.
Toma la cuarta y la quinta,
y la sexta, Gilgamés.
Una séptima, la octava,
la novena, Gilgamés.
Coge la décima lata
la undécima, Gilgamés,
la duodécima, también.
Después de las treinta leguas
Gilgamés había gastado
todas las latas que había.
Ur Sanabi se quitó
sus ropas, y Gilgamés
la piel que llevaba puesta;
extendió, luego, sus brazos
y en ellos colgó la ropa,
para que hiciera de vela.

Ut Napisti, desde lejos,
observaba a Gilgamés
y, hablando consigo mismo,
se preguntaba, estrañado,
que significaba aquello.
¿Por qué fueron destruidos
todos los Seres de Piedra,
viene de guía en la barca
uno que no es su barquero?
El que allí viene no es
ninguno de mis sirvientes,
pero el que va a su derecha
sí parece Ur Sanabi.
Aunque mire fijamente,
no puedo reconocerlo;
sí, aunque me fije mucho,
reconocerlo no puedo;

......faltan 4 líneas .........

No es ninguno de los hombres
que tengo yo a mi servicio;
el ...................
...........3 líneas faltan .............

Gilgamés se iba acercando
a donde dejar la barca.

......... faltan 2 líneas .........

En un sitio resguardado
pararon y se bajaron;
se acercaron a Ut Napisti,
el hijo de Ubar Tutó,
el que después del diluvio
se vino a vivir aquí,
por mandato de los dioses
 .................................

Y Ut Napisti le habló,
le dijo a Gilgamés:
¿Por qué tienes, Gilgamés,
las mejillas tan hundidas,
el semblante tan cansado,
el timbre de voz tan débil,
el rostro tan demacrado?
 ¿Por qué la preocupación
se ha metido en tus entrañas,
tienes la cara de aquel
que vuelve de un largo viaje?
¿Por qué la escarcha, el calor,
han requemado tu rostro,
vas errante por los cerros
con una piel de león?

Habló, entonces, Gilgamés,
y le dijo a Ut Napisti:
¿Y cómo no iba a tener
las mejillas tan hundidas,
el semblante tan cansado,
débil el timbre de voz,
el rostro tan demacrado?
¿Por qué la preocupación
no se iba a deslizar
dentro de mi corazón,
no iba yo a tener el rostro
como el del caminante
que vuelve de un largo viaje?
¿Por qué la escarcha, el calor,
no iban a quemar mi rostro,
no iba a vagar por los cerros
con una piel de león?

¡Mi amigo, mi gran amigo,
un onagro impetuoso,
un asno del altiplano,
un leopardo de la estepa!
¡Enkido, mi amigo Enkido,
un onagro impetuoso,
un asno del altiplano,
un leopardo de la estepa!
Mi amigo, al que tanto quise,
el que me acompañaba
en el claro y la espesura.
Enkido, al que tanto quise,
el que padeció conmigo
en la espesura y el claro.
A él lo alcanzó el destino
de las personas mortales.

Seis días lloré por él,
y durante siete noches;
no dejé que lo enterraran
hasta que cayó un gusano
del hueco de su nariz.
Entonces me entró la angustia,
tuve miedo, porque yo
también tenía que morir;
empecé a sentir, entonces,
el pavor ante la muerte
y a vagar por las estepas.
Lo que le pasó a mi amigo
pesó mucho sobre mí
para poder soportarlo;
desde entonces, un camino
largo tengo tras de mí
por las montañas silvestres;
Lo que a Enkido le pasó
pesó mucho sobre mí
para poder soportarlo;
desde entonces, un camino
largo tengo tres de mí
por las silvestres estepas.

¿Cómo podía callar?
¿Cómo iba a estar tranquilo?
Mi amigo, al que tanto quise
se había vuelto barro.
Enkido, al que tnto quise
se había vuelto barro.
¿No me va a pasar a mí
lo mismo, no voy a estar
postrado y ya nunca más
voy a poder levantarme,
en toda la eternidad?

De nuevo habló Gilgamés,
y le dijo a Ut Napisti:
me pensé: voy a buscar
a Ut Napisti, el lejano,
del que todo el mundo habla.
Recorrí, en mi caminar,
países de muchos amos,
y muchas veces crucé
montañas que daban miedo.
Muchas veces navegué
los mares, y retorné.

De dormir plácidamente
engordó poco mi cara;
yo mismo me flagelé
en tanto que me negaba
el sueño reparador;
mis músculos se agotaron,
¿ y qué es lo que conseguí
con tanto padecimiento?
Antes de ver a Siduri
ya estaba mi ropa rota,
maté osos, hienas, leones,
chacales y leopardos,
corzos y fieras salvajes
y animales de la estepa;
tuve que comer su carne
y vestirme con sus pieles.

Ahora espero que la puerta
de los pesares se cierre
para siempre, tras de mí.
Ciérrame con pez la puerta,
ciérrala con alquitrán.
Mi sino no me dejó
ocasión para reír,
antes bien, me hizo triste,
infeliz, como ahora soy.

Y Ut Napisti le habló,
le dijo a Gilgamés:
¿Por qué llevas, Gilgamés,
tan lejos tus aflicciones?
Tú, que estás hecho de carne
de los dioses y los hombres;
tú, al que los dioses tratan
como a tu padre y tu madre;
¿por qué, Gilgamés, comparas
tu suerte con la del loco?

 A ti te han puesto los dioses
un asiento en su asamblea
y te han dicho: ¡Siéntate!
Los locos sólo reciben
las migas de lo que sobra,
en lugar de mantequilla;
come granzas y salvado,
en lugar de buena harina;
se cubre sólo de harapos,
en vez de ropajes bellos,
y en lugar de faja hermosa,
lleva anudado un cordel.

Él no tiene consejero
que, con tesón, lo defienda;
le falta, en todas las cosas
que emprende, el conocimiento.
Y, aun así, no es infeliz,
pues no se preocupa tanto.
Piensa en él, oh Gilgamés,
...................................
quien es su señor ...........
..........................................
también del dios Luna, Sin,
de los dioses de la noche;
de noche viaja la luna,
nos ilumina el camino;
los dioses están despiertos
siempre hacen la vigilia,
siempre en vela, sin dormir;
El destino de los hombres
desde siempre está fijado
que ................................
ahora piensa en el camino
que tienes que recorrer
tu protección ................
....................................
Cuando ya no haya nadie
que cuide, oh Gilgamés, 
de los templos de los dioses,
de los templos de las diosas .........
...........................................
Ella ................................
los dioses ..........................
porque .....................................
él hizo ............................
......................... como regalo
................... él ...................
......................... las ...........
................... arrojaran al suelo.

Ellos sorprendieron, sí,
a Enkido con su destino,
pero tú te has esforzado
¿y qué has podido alcanzar?
Has agotado tus fuerzas
con trabajos incesantes,
tus brazos están cansados
de tantos padecimientos,
y de esa manera vas,
más deprisa cada vez,
hasta el final de tus días.

El hombre será segado
cual caña en cañaveral,
sin que importe quien es él.
Lo mismo si es joven guapo,
o es hermosa muchacha,
la muerte los arrebata
pronto, en la flor de sus años.

Nadie ve nunca la muerte,
nadie ve jamás su rostro,
nadie percibe su voz,
nadie ve la muerte gris,
segadora de los hombres.
A pesar de ello, los hombres
seguimos fundando hogares;
a pesar de ello, seguimos
obligaciones cumpliendo,
a pesar de ello, los hermanos
siguen partiendo su herencia,
y a pesar de todo, siguen
surgiendo desavenencias
en todos los territorios.
Y el río sigue creciendo
y nos va inundando a todos
como a la cachipolla(2),
que vuela sobre las aguas
y, cuando la tarde cae,
de repente, allí no hay nada.

Los que duermen y los muertos
¡cuanto, entre sí, se parecen!
y, aun así, ninguno puede,
con atino, reflejar
una imagen de la muerte.
Todavía ningún muerto
ha podido devolver
un saludo a los que viven.
Los Anunaki, los grandes
dioses, tuvieron reunión.
Mamita, la que da el sino
a cada uno de los hombres,
fijó con ellos la suerte
de toda la humanidad:
nos concedieron la vida,
nos cargaron con la muerte,
pero el día de la muerte
a nadie lo revelaron.
......................................................

(1) Tabl. paleobabilónica de Sipar
      (Meissner/Millard).
(2) En entomología se conoce el insecto citado,
      como "efímera" o "cachipolla", cuyo nombre
      científico es ephemera vulgata.


Si te observo, Ut Napisti,
nada raro veo en tu rostro,
lo mismo que yo eres tú,
nada hay de extraordinario,
tú eres igual que yo.
Yo venía predispuesto
a retarte, a pelear,
pero ante ti estoy ahora
y algo raro me retiene.

¿Cómo hiciste para entrar
a la reunión de los dioses?
¿Qué hiciste para buscar
y encontrar la vida eterna?

Y Ut Napisti le habló,
le dijo a Gilgamés:
yo te voy a desvelar,
Gilgamés, un gran misterio;
yo te voy a confiar
un secreto de los dioses.

Surupak es la ciudad
que tú conoces muy bien;
está asentada en la orilla
del Eúfrates, el gran río;
era ciudad muy antigua,
frecuentada por los dioses,
hasta que a los grandes dioses
se les ocurrió la idea
de mandarnos el diluvio.

Anón, el padre de todos,
proclamó su juramento,
y también su consejero,
el heroico Enlil,
Ninurta, su camarero,
y también el dios Enugi,
el inspector de canales.
También el sagaz dios Ea
se juramentó con ellos;
pero él dijo su juramento
a mi cercado de cañas:

Oye, chamizo de cañas,
oye, la pared de adobes.
Escúchame bien, cercado,
pon atención, tú, pared.
Mira, hombre de Surupak,
hijo de Ubar Tutó,
derriba tu casa y, luego,
ponte a construir un arca.
Abandona las riquezas
y piensa en sobrevivir;  
olvida tus propiedades
tu vida has de salvar.
Lleva contigo semillas
de todos y cada uno
de los seres vivientes.

El arca que construirás
que sea igual en sus lados,
que su ancho y que su largo
tengan la medida igual.
Que tenga también un techo,
como lo tiene el Abismo(1).

Yo lo comprendí, y le dije
al dios Ea, mi señor:
yo obedeceré, señor,
el mandato que me has dado.
Lo entendí y lo cumpliré,
pero ¿qué voy a decir
a la ciudad, al guerrero,
al Consejo de Mayores?

Y Ea me contestó,
así le dijo a su siervo:
Hombre bueno, les dirás
las palabras que te digo:
he comprendido que el dios
Enlil me odia, por ello
no puedo seguir viviendo
en esta vuestra ciudad;
ya no quiero poner más
mis pies en tierra de Enlil.
Tengo que irme al océano
del Abismo, para estar
con mi señor, el dios Ea.

A vosotros, sin embargo,
os enviará la lluvia
de la mayor abundancia:
él os colmará con aves,
con peces en cantidad,
con una cosecha grande.

Amasará, a la mañana,
los cielos, y lloverá
panecillos  y cerveza;
granizará, por la tarde,
montones de trigo blanco.

Cuando empezó a clarear,
se reunió la muchedumbre
en la puerta de Atram Jasis.
Trajo el hacha el carpintero;
vinieron los trenzadores
de las labores de caña
portando mazas de piedra;
se pusieron los obreros
a la tarea, también,
y las familias tejían
las cuerdas y las maromas;
los ricos traían la pez,
los pobres iban trayendo
el aparejo hasta mí.

Al quinto día de trabajo
ya tenía listo el casco
y su cubierta tenía
tres mil y seiscientas varas;
y tenían sus costados,
al menos, diez varas de alto.
Las medidas del tejado
eran, también, de diez varas
en cada una de sus alas.
Luego empecé con el cuerpo
de la barca, y lo tracé:

Ordené poner seis puentes
y, con ello conseguí,
tener siete plataformas;
luego dividí las plantas,
a su vez, en nueve partes;
hendí, en el centro, la espiga
para el corte de las aguas,
y, más tarde, me ocupé
de los remos y aparejos.

Eché sesenta barriles,
en el horno, de alquitrán
y, así, obtuve sesenta
barriles de brea líquida,
sesenta, de añadidura,
trajeron los porteadores,
y, eso, sin contar los veinte
que puse yo para ofrendas,
y los sesenta barriles
que el constructor principal
dejó, aparte, para sí.
Yo, cada día, mataba
bueyes para mis obreros
y, cada día, degollaba
para ellos mis ovejas.
Daba a mis trabajadores
cerveza, vino y aceite
y corría la cerveza,
como si manara un río.
Era, en verdad, una fiesta
como en días de Año Nuevo.

Después, al séptimo día,
desde que Samas salió
me puse a trabajar,
y, antes de que se ocultara,
ya tenía lista el arca.

La botadura del arca
se presentaba difícil.
Desde atrás hacia delante,
le empujamos con maderos
sobre el rail preparado,
hasta que se metió el arca,
en el agua, en sus dos tercios.

Lo que me pertenecía,
lo hice subir a bordo;
todo el oro que tenía,
lo hice subir a bordo;
la plata que yo tenía,
la hice subir a bordo;
los animales vivientes
que eran de mi pertenencia,
los hice subir a bordo;
y mandé subir a bordo
a mi familia, a mis siervos,
así como a los animales
domésticos y salvajes,
y oficial de cada oficio.

Ya era el tiempo llegado
que Samas determinó:

Amasará, a la mañana,
los cielos, y lloverá
panecillos  y cerveza;
granizará, por la tarde,
montones de trigo blanco.
Ve, entonces, súbete  al arca,
y sella bien su compuerta.
Y ese momento llegó:

Amasará, a la mañana,
los cielos, y lloverá
panecillos  y cerveza;
granizará, por la tarde,
a montones, trigo blanco.

Yo miré hacia arriba, al cielo,
para ver que tiempo hacía.
El tiempo arriba, en el cielo,
nada bueno presagiaba.
Al arca subí y sellé,
desde dentro, la compuerta.
Al calafate del arca,
a Pazur Enlil, le di
mi palacio y sus enseres.

Cuando empezó a clarear,
se elevó en el horizonte
una oscura, negra, nube;
bramando allí estaba Adad,
el dios del trueno y la lluvia.
Los dioses Sulat y Janos(2)
iban por delante de él,
y le llevaban el trono
sobre montes y llanuras.
Arrancó Erragal(3) los postes 
de las compuertas del cielo
y, en su caminar, Ninurta,
por los elevados cielos,
iba reventando presas;
los grandes dioses blandían
las encendidas antorchas,
con sus rayos cegadores
prendían fuego a la tierra.

Se abrió el silencio de muerte
del señor de las tormentas
y, en donde había claridad,
todo se volvió tinieblas.
Él recorrió el territorio
como un toro sin freno,
lo hizo saltar en pedazos,
como puchero de barro.
Durante un día completo
arrasaron el país
los vientos huracanados;
se paraban y volvían,
de nuevo, a desencadenarse,
y, entonces, llegó el Diluvio:

Sobre los hombres cayó
como guerra la hecatombe.
Nadie podía ver al otro;
apenas podían verse,
desde lo alto, las personas
dentro de aquella marea.
Y los dioses empezaron
a tener miedo al Diluvio;
emprendieron la huida
y subieron hasta Anón,
al cielo más elevado,
y allí se agazaparon
como en la calle los perros.

La diosa empezó a gritar,
como la mujer que está
en los dolores del parto.
Con su hermosa voz, Arura,
se quejaba a voz en grito:

Ay, si no hubiera existido
el día en que pronuncié,
el maldito juramento.
¿Cómo pude pronunciar,
en la reunión de los dioses,
el maldito juramento
y declarar una guerra
a mi gente innumerable?
Yo soy la que los parió,
los hombres me pertenecen;
ahora flotan en el mar,
como pececillos muertos.

Lloraban, también, con ella
los Anunaki; rebosantes
de lágrimas, sollozaban
con los labios temblorosos,
secos de sed y de fiebre.
Durante las siete noches
y los seis días cayeron
torrentes; aullaba el viento
y bramaba la tormenta;
y el Diluvio arrasó
la vasta faz de la tierra.

Cuando abrió el séptimo día
pararon los fuertes vientos
y el Diluvio remitió.
Se tranquilizó el océano,
que se movía, de aquí
para allá, como mujer
en los dolores del parto.
La tormenta se calló
y el Diluvio terminó.

Miré el tiempo, miré al cielo,
miré a ver que tiempo hacía;
el cielo estaba tranquilo,
en paz estaban los cielos,
mas toda la humanidad
se había vuelto barro.
Por doquier había agua;
estaba todo allanado
como el techo de una casa.
Después abrí la compuerta
y me dio un rayo de sol
en las mejillas, caliente.

Yo me arrodillé y lloraba;
por mis mejillas corrían
las lágrimas en regueros.

Busqué por todos los lados
el horizonte lejano,
la orilla del océano;
podía verse una isla
a media legua de allí.
Era Nimús(4), la montaña
donde se detuvo el arca;
en la montaña Nimús
quedó varada mi arca,
y no la dejó seguir.

Un día, y un segundo,
estuvo varada el arca
en la montaña Nimús,
y no la dejó seguir;
un tercero, un cuarto día
estuvo el arca varada
en la montaña Nimús,
y no la dejó seguir;
un quinto, un sexto día
estuvo el arca varada
en la montaña Nimús,
ya no la dejó escapar.

Cuando abrió el séptimo día,
fui a por una paloma
y la paloma solté;
voló, pero regresó;
no pudo encontrar un sitio
donde poderse parar
y regresó hasta mí.
Tomé una golondrina,
y la dejé en libertad;
voló, pero regresó;
no pudo encontrar un sitio
donde poderse parar.
Cogí un cuervo, lo solté;
voló y vio como el agua
ya había descendido;
comida encontró, voló,
voló y revoloteó,
y levantando su cola,
hasta mí ya no volvió.

Todo lo que yo llevaba
lo esparcí a los cuatro vientos,
luego, en la cima del monte
una comida de ofrenda
preparé para los dioses.
En la cumbre de aquel monte
encendí incienso, dispuse
siete braseros, más siete,
y puse en ellos regaliz,
madera de cedro y mirtos.
Los dioses su aroma olieron,
olieron el dulce aroma;
como las moscas, los dioses,
revolaban sobre el hombre
que estaba haciendo la ofrenda.

Allí estaba la divina,
la princesa(5), y cuando habló
se le movía el collar
de moscas de piedra azul,
que Anón le había regalado
cuando fue su pretendiente.

Oh dioses, que estas cuentas,
que penden de mi collar,
me recuerden estos días
y no los pueda olvidar.
Que vengan todos los dioses
a este banquete de ofrenda,
y que coman; que no venga
el dios Enlil, pues él fue,
el que les mandó el Diluvio,
sin medir las consecuencias
y entregó a la humanidad
a la perdición mayor.

Entonces, apareció Enlil,
vio el arca, y se enfureció,
y se apoderó de él
la ira contra los dioses.
¡Conque, se ha salvado uno!
No debía ningún hombre
escapar a la hecatombe.

Abrió Ninurta la boca
para hablar y dijo a Enlil:
¿Quien, si no ha sido Ea,
puede ser el responsable
de que alguien se enterara?
Solamente Ea sabe
cómo se hacen esas cosas.

Luego abrió la boca Ea
para hablar, y dijo a Enlil:
Tú que eres el más listo
de entre los dioses, ¿por qué
les mandaste el Diluvio,
sin medir las consecuencias?
Tenías que haber castigado
al culpable por su culpa,
castigado al malhechor
por sus malas fechorías.
Tensa el cordel de tal modo
que no se rompa la vela,
y si no quieres que siga
ondeando, bájala.

Y en lugar del Diluvio,
que tú sólo has provocado,
hubiera sido mejor
haber soltado leones
que hubieran diezmado al hombre;
y en lugar del Diluvio,
que tú solo has provocado,
que hubieran salido lobos
que hubieran diezmado al hombre;
y en lugar del Diluvio,  
que tú solo has provocado,
que hubiera habido días
de hambre en los territorios,
que hubieran llevado, así,
a la tumba, a muchos hombres;
y en lugar del Diluvio,
que tú solo has causado,
que hubiera aparecido
el dios de la peste, Erra,
que hubiera llevado, así,
a la tumba, a muchos hombres.
Yo no fui el que reveló
el secreto de los dioses;
yo, a Atram Jasis, solamente
le hice ver una visión,
y, de esta manera, él
fue el que descubrió el secreto;
pero, ahora, está en tus manos
lo que le ha de suceder.

Subió, luego, Enlil al arca,
de la mano me cogió,
me ayudó a subir a bordo,
y conmigo a mi mujer;
nos arrodillamos juntos
y él se puso entre los dos
y tocaba nuestras frentes
dándonos su bendición.

Antes era Ut Napisti
una persona mortal;
desde ahora en adelante
serán él y su mujer
como nosotros, los dioses.
Ut Napisti deberá
vivir en la lejanía,
donde se mueren los ríos.

Y, así, me llevaron lejos
donde debía vivir,
en la desembocadura
de las corrientes de agua.

¿Quien iba a poder ahora,
convocar una asamblea
de los dioses, para ti,
para que, también, tú encuentres
la vida que estás buscando?
Como no sea, que pruebes
a no dormir en seis días
y durante siete noches.
Pero, apenas Gilgamés
hubo apoyado la espalda,
cual niebla, lo envolvió el sueño.

Ut Napisti le habló a ella,
le dijo a su mujer:
Mira al que busca la vida;
ahí está repantigado;
ya lo ha envuelto el sueño,
como si fuera la niebla.
Su mujer le dijo, entonces,
a Ut Napisti, el lejano:
tócale en el hombro al hombre,
haz que se despierte ya;
que vuelva, sano, por la senda
por la que vino hasta aquí;
que vuelva al mismo lugar,
por la puerta que salió.

Y Ut Napisti le habló,
le dijo a su mujer:
no es trigo limpio este hombre,
¡a ver si te va a engañar!
Ve, y le cueces cada día
un pan y los vas poniendo
cerca de su cabecera;
haz rayas en la pared
por cada día que duerma.
Y, entonces, ella coció,
cada día para él,
un pan y lo colocó
cerca de su cabecera;
rayó raya en la pared
por cada día que durmió.

Estaba ya el primer pan
tan duro como las piedras;
el segundo estaba seco;
algo blando el tercer pan;
blanquecino estaba el cuarto;
el quinto estaba manchado
de manchas grises de moho;
ya estaba sentado el sexto,
y el séptimo pan estaba
recién sacado del horno,
cuando le tocó en el hombro,
y el hombre se despertó.

Luego, le habló Gilgamés
a Ut Napisti, el lejano:
no he hecho más que dormirme,
ya me has tocado en el hombro
y ya me has despertado.
Y Ut Napisti le habló,
y le dijo a Gilgamés:
Ven conmigo, Gilgamés,
y cuéntame cada pan.
Entonces verás los días
que has estado durmiendo.
El primero de los panes
duro está como las piedras;
el segundo ya está seco,
algo blando está el tercero;
blanquecino está ya el cuarto;
el quinto ya está manchado
de manchas grises de moho;
sentado está el sexto pan,
y el séptimo pan está,
del horno, recién salido,
cuando te toqué en el hombro.

Luego le habló Gilgamés,
a Ut Napisti, el lejano:
¿Qué debo hacer, Ut Napisti,
a donde podría irme?
El demonio de la muerte
dentro de mí se ha hecho fuerte;
allí, donde yo duermo,
allí se sienta la muerte,
hacia donde me dirijo,
hacia allí la muerte va.

Entonces, le habló Ut Napisti
al barquero Ur Sanabi:
el puerto ya no te quiere,
ya tiene arena el rail;
tú que vas de un sitio a otro,
de una a la otra orilla,
lo tienes que abandonar;
y, por lo que toca a ese hombre,
al que has traído hasta aquí,
está hecho una piltrafa
y enmarañado su pelo;
las pieles que viste, quitan
a su cuerpo la hermosura.

Llévatelo, Ur Sanabi,
llévatelo al lavatorio
para que lave sus pelos,
su pelambre enmarañada,
tan limpia como se pueda;
que se quite los pellejos,
-que se los lleven las olas-,
y que se lave su cuerpo,
hasta que esté, otra vez, limpio.
Procura que se le dé
un turbante limpio y nuevo,
que se vista con la ropa
que rodee su cintura.
Hasta que a su ciudad vuelva,
hasta que logre llegar
al final de su camino,
que no se ensucie la ropa,
que la lleve como nueva.

Ur Sanabi lo llevó
al lugar del lavatorio;
él se lavó la cabeza
tan bien como fue posible,
luego, se quitó las pieles,
-que se llevaron las olas-,
y frotó todo su cuerpo
hasta que estuvo bien limpio.

Recibió un turbante nuevo,
y se puso ropa nueva
que rodeó a su cintura.
Hasta el día que llegara
al final de su camino,
no se debía ensuciar
su ropa nueva, antes bien
la debía mantener
reluciente, como nueva.
    
Gilgamés y Ur Sanabi
se subieron a la barca
y soltaron las amarras,
y maniobraron la barca.

Allí habló su mujer 
a Ut Napisti, el lejano:
Gilgamés vino hasta aquí,
él ha padecido mucho
en su larga travesía,
¿le has regalado algo
para que lleve a su casa?

Gilgamés agarró, entonces,
una lata y, velozmente,
volvió la barca, otra vez,
a la orilla de la playa.

Entonces, le habló Ut Napisti,
le dijo a Gilgamés:
tú has venido hasta aquí,
Gilgamés, has padecido
en tu larga travesía.
¿Qué cosa podría darte
para el viaje de regreso?
 
Yo te voy a desvelar,
un misterio, Gilgamés,
un secreto de los dioses.
Existe una planta aquí
que se parece a un espino;
como la rosa silvestre
tiene espinas; si la cortas,

con ella te pincharás,
pero cuando está en tus manos,
volverás a ser de nuevo
como cuando joven eras.

Cuando Gilgamés lo oyó,
cavó un hoyo profundo
para sacar de la tierra
piedras de tamaño grande;
luego, las ató a sus pies
para descender al fondo
de las aguas del abismo,
donde la planta encontró;
arrancó, luego, la planta,
aunque se pinchó con ella.
Luego desató las piedras
de sus pies, y la marea
lo devolvió hasta la playa.

Gilgamés le habló, entonces,
a Ur Sanabi, el barquero:
esta planta, Ur Sanabi,
es la planta del latido;
con ella recibe el hombre,
de nuevo, fuerza vital.
Yo la llevaré conmigo
a la ciudad de Uruk
-El Redil-
y la daré que la coma
a un viejo de la ciudad,
y con él la probaré.

La planta se llamará:
Joven Será El Hombre Viejo.
Luego, la comeré yo,
volveré a la juventud.

Cuando llevaban los dos
las veinte leguas andadas
a partieron el pan pararon,
cuando hicieron treinta leguas
plantaron el campamento.
Vio un estanque Gilgamés,
que tenía el agua fresca,
y saltó dentro de él
para bañarse en el agua.
El olor de aquella planta
atrajo a una culebra;
ella se arrastró en silencio,
y la planta se comió,
y, luego, cuando se iba,
se le mudó la camisa(6). 
Gilgamés se echó, llorando,
al suelo y sus lágrimas
corrían por el tabique
de su nariz y le dijo
a Ur Sanabi, el barquero:
¿Quién de los míos consiguió
algo, con que estos mis brazos
tanto y tanto se esforzaran?
¿Quién de los míos consiguió
algo, con que el corazón
me llegara a desangrar?
Nunca, con ello, me hice
a mí mismo algún favor;
sí lo hice a la culebra,
a la leona de tierra(7).

Veinte leguas hay que andar
hasta donde el mar se encuentra;
las piedras que yo saqué
allí quedaron hundidas,
¿cómo podría saber,
dónde encontrar aquel sitio?
También la barca quedó
olvidada en la ribera.
¡Ay, si pudiera volver!

Cuando llevaban los dos
las veinte leguas andadas
a partieron el pan pararon;
cuando hicieron treinta leguas
plantaron el campamento.
Cuando llegaron a Uruk
-El Redil-
le habló Gilgamés a él,
a Ur Sanabi, el barquero:
sube al muro, Ur Sanabi,
de la ciudad de Uruk
-El Redil-,
anda por el antepecho
y toca sus contrafuertes;
examina sus murallas,
mira su ladrillería.
¡Que adobes tan bien cocidos!
¿No pusieron los cimientos
los Siete Sabios, allí?

Tres mil seiscientas fanegas
ocupan las construcciones,
tres mil seiscientas las huertas
con sus palmerales dentro,
tres mil seiscientas las balsas
del barro de los adobes,
mil ochocientas fanegas
de terreno tiene el Templo
de la diosa Istar, el E Ana.
Doce mil seiscientas fanegas
de terreno tiene Uruk.
.......................................................

(1) El Abismo se encontraban en lo profundo de
      la tierra y de las aguas subterráneas, y la tierra
      hacía de techo.
(2)  Ver nota final F.
(3)  El dios Erragal, o Erra, era el responsable
       de la peste y otras epidemias.
(4)  Ver nota final G.
(5)  Ver nota final C.
(6)  Al comerse la planta, la culebra cambió la 
       piel (la camisa) y rejuveneció.
(7)  Parece que se refiere, con este nombre, a la         
       culebra, que salió ganando con la planta.
.......................................................


¡Si hubiera dejado el bolo
en casa del carpintero!
Ay, madre del carpintero,
que eres como mi madre.
Ay, si lo hubiera dejado.
Ay, hija del carpintero,
que eres como mi hermanica.
Ay, si lo hubiera dejado.
Hoy se me ha caído el bolo
en el Submundo; en el Submundo
el palo se me ha caído.

Dijo Enkido a Gilganmés:
¿Por qué lloras, mi señor,
y está tu corazón triste?
Yo el bolo te sacaré
del Submundo; del Submundo
el palo te sacaré.

Gilgamés le dijo a Enkido:
Si bajaras al Submundo,
ten en cuenta mis consejos.
No te pongas ropa limpia:
sabrán que eres un extraño;
no te pongas buen perfume:
pues vendrán todos a olerlo;
no arrojes lanzas allí:
los heridos del Submundo
amenazantes vendrán;
no lleves ningún bastón:
pues las sombras de los muertos
se van a echar a temblar;
no lleves en pies sandalias:
pues no deberás hacer
ruidos en el Submundo.

No beses a la mujer
a la que, en la tierra, amaste;
no pegues a la mujer
a la que, en la tierra, odiaste;
no beses, tampoco, al hijo
al que quisiste en la tierra,
ni pegues al hijo tuyo
que no quisiste en la tierra,
porque, si no, el griterío
será ensordecedor.

Aquella que yace allí,
aquella que yace allí,
es la madre de Ninazo(1),
aquella que yace allí;
no lleva sobre sus hombros
ningún lienzo que la cubra;
sus pechos, sin ropa alguna,
dos cuencos de piedra son.

Enkido no tuvo en cuenta
de Gilgamés los consejos.
Se vistió con ropa limpia:
supieron que era un extraño;
se puso un perfume bueno:
todos vinieron a olerlo;
arrojó lanzas allí:
los heridos del Submundo
vinieron amenazantes;
llevó un bastón en su mano,
y los muertos se asustaron;
en los pies calzó sandalias:
hizo ruidos allí;
besó a la mujer que amó,
y pegó a la que odió;
besó a su querido hijo,
al que no quiso pegó:
los gritos, en el Submundo,
atronaron sus oídos.

Aquella que yace allí,
aquella que yace allí,
es la madre de Ninazo,
aquella que yace allí;
no lleva sobre sus hombros
ningún lienzo que la cubra;
sus pechos, sin ropa alguna,
dos cuencos de piedra son.

Pero ya no pudo Enkido
del Submundo escapar.

No lo retuvo Nantar,
ni lo retuvo Asaco:
el Submundo lo retuvo,
no lo retuvo el malvado
vigilante de Nergal:
el Submundo lo retuvo;
no cayó en el combate,
en batalla con los hombres:
el Submundo lo retuvo.
Entonces, el rey Gilgamés,
hijo de Ninsún, la Vaca,
lloró por su siervo Enkido;
se fue solo al templo E Kur,
la morada de Enlil.

Escúchame, padre Enlil:
hoy se me ha caído el bolo
en el Submundo; en el Submundo
el palo se me ha caído;
los quiso subir Enkido:
el Submundo lo retuvo;
no lo retuvo Nantar,
ni lo retuvo Asaco:
el Submundo lo retuvo;
no lo retuvo el malvado
vigilante de Nergal:
el Submundo lo retuvo;
no cayó en el combate,
en batalla con los hombres:
el Submundo lo retuvo.

Pero Enlil no respondió.

Se marchó solo a Ur,
la morada del dios Sin.

Escúchame, padre Sin:
hoy se me ha caído el bolo
en el Submundo; en el Submundo
el palo se me ha caído.
Los quiso subir Enkido:
el Submundo lo retuvo;
no lo retuvo Nantar,
ni lo retuvo Asaco:
el Submundo lo retuvo,
no lo retuvo el malvado
vigilante de Nergal:
el Submundo lo retuvo;
no cayó en la batalla,
en combate con los hombres:
el Submundo lo retuvo.

Pero Sin no respondió.

Se fue solo a Eridú,
la morada del dios Ea.

Escúchame, padre Ea:
hoy se me ha caído el bolo
en el Submundo; en el Submundo
el palo se me ha caído.
Los quiso subir Enkido:
el Submundo lo retuvo;
no lo retuvo Nantar,
ni lo retuvo Asaco:
el Submundo lo retuvo;
no lo retuvo el malvado
vigilante de Nergal:
el Submundo lo retuvo;
no cayó en la batalla,
en combate con los hombres:
el Submundo lo retuvo.

Y Ea sí respondió.

Y dijo al valiente Samas:
Samas, hijo de Ningal,
¿por qué no haces en la tierra
una rendija, que pueda
subir la sombra de Enkido,
como aire, del Submundo?
Y las palabras de Ea
las hizo suyas el Sol;
Samas, hijo de Ningal,
hizo una grieta en la tierra,
para que pueda la sombra
de Enkido, como aire,
del Submundo escapar.

Se abrazaron, se besaron,
y platicaron los dos:

Cuéntame, amigo mío,
amigo mío, cuéntame.
Cuéntame lo que has visto,
lo que pasa en el Submundo,
las leyes que hay allí.

No te voy a contar nada,
nada te voy a contar;
si lo que vi te contara,
lo que en el Submundo vi,
las leyes que hay allí,
te echarías a llorar.

Pues, a llorar me echaré.

Amigo mío, los penes,
que, cuando los acaricias,
te alegran el corazón,
como los tejidos viejos
se los comen los gusanos;
amigo mío, las vulvas
que, cuando las  acaricias
te producen alegría,
se están llenando de tierra,
como grietas en el suelo.
Ay, respondió su señor,
y se tiró por los suelos.
Ay, respondió Gilgamés,
y se tiró por la tierra.

Has visto a los que  tuvieron
un hijo solo? Los vi:
un clavo, en su pared, tienen
y lloran amargamente.
¿Has visto a los que criaron
dos hijos? Sí, los he visto:
sentados en dos adobes
están comiéndose el pan.
¿Has visto al de los tres hijos?
Lo he visto: bebiendo está
del jarro de la aguadera.
¿Has visto al que crió
cuatro hijos? Lo he visto:
su corazón está alegre
como el dueño de seis asnos.

¿Has visto a los que tuvieron
cinco hijos? Los he visto:
como escribanos escriben
y acceso al palacio tienen.
¿Has visto al que crió
seis hijos? Lo he visto:
su corazón está alegre,
como está el del labrador.
¿Has visto a los que criaron
siete hijos? Los he visto:
como hermanos menores
de un dios, sentados están
..........................
................................
¿Viste a los que no tuvieron
herederos? Los he visto:
como palos de estandarte
en un rincón están quietos.
...................................
¿Has visto al que golpearon
con un astil? Lo he visto:
¡Ay, de su madre y su padre!
Cuando cortan una vara,
corre de aquí para allí.
¿Has visto a los que murieron
cuando quisieron los dioses?
Los vi: descansando están
en trono divino y beben
agua clara y cristalina.
¿Has visto al que murió
en la batalla? Lo he visto:
su padre y su madre tienen,
en lo alto, su cabeza;
su mujer llora por él.

¿Has visto aquel, cuyo cuerpo
en el campo fue arrojado?
Lo he visto, pero su sombra
no tiene descanso allí.
¿Has visto aquel, cuya sombra
no tuvo quien la cuidara?
Lo vi, pero solo come
lo que se pega al puchero
y los mendrugos que tiran.
...............................................................
(1)  Ver nota final H.

Notas aclaratorias finales

A.-
En las grandes ciudades mesopotámicas de Babilonia (territorios de Sumeria y Acadia) y, también, en territorios limítrofes existían templos principales dedicados a alguno de los grandes dioses o diosas del panteón mesopotámico. A estos grandes templos se les conocía por un nombre propio concreto. Así, el E Ana (casa del cielo) era el gran templo de Uruk, dedicado al dios Anón (el dios cielo), el E Kur (casa de la montaña) era el templo principal de la ciudad de Nipur, dedicado al dios Enlil, el dios de los montes; el E Babara (la casa brillante), dedicado al dios Samas (el Sol), en las ciudades de
Sipar y Larsa, etc.

El E Ana era, así mismo, el templo o casa de la diosa Istar. Debía ocurrir, sin duda, como en la actualidad con la mayoría de los templos (iglesias) cristianos. Así, una iglesia puede estar dedicada a la Santísima Trinidad, sin embargo, las fiestas principales no aluden a la titular del templo, sino a los patronos del pueblo: la festividad principal es la de una determinada Virgen, la patrona del pueblo, y la segunda en importancia puede ser la fiesta de un santo, el otro patrono. 

El nombre Anón, Annun en acadio, pasó a formar parte de los nombres de tradición cristiana, posiblemente a través de la tradición bíblica, existiendo en el santoral cristiano San Anón, que fue obispo de Colonia en el siglo XV.
                                                                                                                                   B.-
La Vaca Salvaje, en acadio Rimat; Ninsuna (Ninsun) era otro nombre de la Vaca Salvaje. En el texto orignal se le cita como Rimat-Ninsun. Aquí aparece como la Vaca Salvaje o la Gran Vaca por Rimat, y Ninsuna (en algún caso Ninsún, por mor del verso) por Ninsun.

C.-
Arura (Aruru) era la diosa madre, la esposa del dios Ea, el dios de las aguas, uno de los tres dioses principales, junto a Anón y Enlil. Se le conocía también con otros nombres, como Belet-Ili (tablilla XI), Nintu (Poema de Atam Jasis), Mamita (tablilla X), o Mami (en otros textos abilónicos).                                                                                                                     

D.-
Anzo (Anzu) era como un diablo o diosillo de las tormentas y truenos. Tenía cabeza y zarpas de león y garras de águila. Fue el que robó a los dioses la tabla de los destinos, que fue recuperada, finalmente, por el dios Ninurta.
En algunos templos, palacios o casas, se ponía a Anzo en el dintel de la puerta de entrada, como proteccón frente a rayos, tormentas etc.

En este sueño de Gilgamés Anzo aparece en lugar de Humbaba, como un alias.

E.-
Los montes se consideraban morada de los dioses, especialmente de Enlil, dios de los montes, quizá porque sus cumbres están en contacto con los cielos, la morada de los dioses principales. Las cumbres de las montañas se consideraban también templo y altar, desde donde se hacían ofrendas o imploraciones a los dioses.

F.-
Sullat y Janos (Hanis en acadio) eran los dioses gemelos  “Saqueador”  y “Sumisión”, cuyo cometido era preparar y transportar el trono de los dioses principales, aquí el de Adad.

G.-
Se cree que la montaña o monte Nimús es el que hoy se conoce como Pir Omar Gudrum, en el Kurdistán, de 26oo metros de altura, distante 450 Km. de Surupak. Era el monte más alto conocido en la época en la que se escribió esta obra. Más tarde, en la narración bíblica del Diluvio, cuando ya se tenía noticia de la existencia de montes más altos en el Cáucaso armenio, en el macizo de Urartu, se trasladó hacia más arriba la historia del varamiento del arca, concretamente al monte Ararat.

H.-
La diosa principal del Submundo era Ereskigal, la madre de Ninazo, a su vez dios infernal secundario. Fue Ninazo el dios que llevó la cebada desde las montañas, donde crecía en estado silvestre hasta Sumeria, donde no existía. Este relato está contenido, parcialmente, en la tablilla  publicada por S. N. Kramer en 1961 con el nº 5 de los textos literarios sumerios procedentes de Nipur, Sumerische literarische Texte aus Nippur, Band 1, al parecer la primera tablilla a la que seguirían otras, que no se han descubierto, que contendrían la continución del poema o leyenda referente a cómo fueron traídos los cereales a Sumeria. ¿Es posible que, bajo esta imagen, subsista un nebuloso recuerdo de la introducción de los cereales que, tal como sabemos, estuvieron originariamente en esta parte del mundo en estado silvestre en los piedemontes que rodean Mesopotamia, tanto al Norte, como al Noroeste?, se pregunta Jean Bottéro. Y es que, siendo así, esta tablilla revelaría una tradición mantenida durante varios milenios. La tablilla, traducida por Samuel Noah Kramer, de la colección de la profesora Hilprecht, propiedad de la Universidad de Jena, dice así:

Con su boca,comían hierba los hombres, lo mismo que las ovejas
En tiempos muy remotos, Anón hizo descender del cielo los cereales
Enlil bajó de los cielos como un ........... y levantó sus ojos
Tendió su mirada a los lados, y allí estaba los mares, rebosantes de agua
Tendió su mirada al frente, y allí estabas los montes, con sus plantas de especias y sus cedros
Enlil amontonó la cebada; la apiló en la montaña
Amontonó la abundancia del país; apiló los cereales "inuja" en los montes
Cerró los montes, tan ampliamente abiertos antes
Cerró su morada, la que une el cielo y la tierra
Echó sus cerrojos .........
Él ................
Un día, Ninazo ...............
le habló a su hermano Ninmada:
Vamos a ir a la montaña
A los montes, donde crecen la cebada y las legumbres
Al confín del misterioso río, donde el agua brota de la tierra
Bajemos la cebada de sus montes
Traigamos a Sumeria los cereales "inuja"
Démos a conocer la cebada a Sumeria, que no conoce la cebada
Ninmada, el devoto de Anón, le respondió:
¡Cómo vamos a ir a la montaña, si no lo ha mandado nuestro padre
Ni tampoco lo ha mandado Enlil!
¡Cómo vamos a hacer para que descienda la cebada de sus montes!
¡Cómo vamos a traer a Sumeria los cereales "inuja"!
¡Cómo vamos a dar a conocer la cebada al país de Sumeria, que no conoce la cebada!
Ven, vamos a ver al Sol del cielo
Al que miran con devoción, tanto los que se sientan, como los que están echados
El héroe, el hijo de Ningal, al que miran con devoción, tanto los que están sentados, como los que    se acuestan
El Sol ...........  para ellos .................... las siete puertas
                                                                                                                                (aquí termina la tablilla de la colección de la profesora  Hilprecht, única que se conoce sobre esta leyenda. No se sabe, por tanto, cómo los dioses menores, los hermanos Ninazo y Ninmada consiguieron llevar los cereales a Sumeria, aunque es de suponer que lo hicieron con la ayuda del dios Sol)

Nantar era un dios de los principales del Submundo, el administrador del destino y brazo derecho del dios principal, Nergal, el esposo de Ereskigal.

Asaco (Asakku) era otro dios secundario del Submundo, responsable de las epidemias, junto con Nantar.

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